La escritura sin mí: notas sobre el texto académico.

“Esto no es un lamento, es un grito de ave de rapiña.

Irisada e intranquila.

El beso en el rostro muerto.

Escribo como si fuera a salvar la vida de alguien.

Probablemente mi propia vida”

(Clarice Lispector)

 

Pienso en la palabra obturada, en la gestación de expresiones que nunca salieron a la luz. Pienso en el hermetismo inasible de la Academia, en lo que escribí en ese ámbito, para quién, por qué y en qué tono o modo lo hice. Pienso en las instituciones, en sus estudiantes, en los doctorados, las tesis, los papers. Pienso en los fantasmas que bloquean lo que queremos decir así, con esa forma que parece estar más cerca del cuerpo, más cerca de lo humano. Pienso en los textos irreverentes, viscerales, desmesurados, que desnudan, impúdicamente, a quien escribe.

Recuerdo la expresión de un estudiante universitario, ya próximo a graduarse, que mientras revisaba con cierta nostalgia sus trabajos, dijo entre sorpresa y resignación: “Todo lo que he escrito en la Universidad, nada tiene que ver conmigo. No me encuentro en nada de eso que escribí”.

El tema parece estar en encontrarse, en cierta peligrosidad de que allí se filtre algo vivo. La tradición de las instituciones y los organismos académicos parecen temerle a los escritos con pulso, esos que laten en su identidad y nos dejan incluso alguna herida al leerlos. ¿Cuántos trabajos hemos leído que no tienen rastro alguno de presencia? ¿Cuántas veces nos encontramos produciendo materiales académicos que guardan una enorme distancia con lo que somos?

En una reciente entrevista en el diario Página 12, Fernando Alfón se refiere a la escritura hermética de las tesis doctorales y es categórico en su afirmación: Están escritas para no ser leídas. Son ilegibles por el exceso de lenguaje encriptado, pero además por el tono inerte que exige el género. Se trata entonces de una doble invisibilidad: escribir para no ser visto y para no ser leído. Textos que nacen y luego mueren en la defensa frente a un tribunal.

La Academia exige un texto aletargado, árido, que además debe incluir un plural ficticio: se ampara siempre en un Nosotros que no existe. Se promueve la eliminación del sujeto: no puedo escribir desde mí, no puedo siquiera aparecer sin un nosotros que me proteja. Tal vez porque se trata de una escritura que de entrada me asume débil. Un plural que anula toda posibilidad de escribir en soledad, escribir sin canon, sin la fastidiosa presencia de todo lo que se sabe.

Esa distancia, esa ausencia de gesto en lo que se escribe, puede no ser grave, ni mucho menos un acto traumático: es precisamente un acto indoloro. No carga con ningún trauma, no tiene fibras singulares, no expone, no muestra, no identifica rostro humano. La pregunta es entonces por el sentido de esa forma que no produce más que olvido.

Ciertamente uno no escribe para ser recordado, ni con una clara intención de producir efectos. La pregunta del por qué y para qué se escribe es compleja, diversa, disímil, particular, íntima. Escribimos tal vez, porque no tenemos opción. Y escribimos también, porque no entendemos nada, no sabemos: ignoramos. Escribimos porque buscamos algo aún innombrado.

Deleuze le pone algunas palabras al asunto, ubica a la tarea de escribir en el devenir vital: escribir como un paso de vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. Escribir es así, un atravesarse en el tiempo singular de la propia trama, casi como el “tempo” musical de la obra.

En ese puente vital que conecta, parece estar el peligro. Porque el texto académico implica escribir con la distancia óptima que me separa de mí. Saberme lejos. Escribir en ausencia de todo murmullo interior. Esperar que se silencie el crujir ardiente del deseo, para que aparezca la voz autorizada de lo que se sabe. Se trata de traducir esas palabras que quieren salir desde la singularidad de un cuerpo, en un lenguaje que no sabemos cómo ni cuándo alguna vez aprehendimos, pero que en nada se parece a lo que somos.

Tal vez, más complejo aún que preguntarse por qué y para qué se escribe es por qué no podemos escribir: ¿Qué es aquello que nos obtura cuando no podemos escribir? La expresión común que aparece está asociada al “bloqueo”, “a una traba”, “a la mente en blanco”. Eso es lo que solemos decir. Lo que no podemos identificar es qué lo origina.

Massimo Recalcati, en un valioso libro relata la experiencia del bloqueo del artista frente a la tela blanca. Se refiere a ese blanco como “un muro que tiende  a asumir un exceso de presencia más que de una ausencia”. Esas presencias, que aparecen como fantasmas, guardan el peso de lo monumental, lo inalcanzable. El peso del canon, de lo consagrado, de todo lo ya dicho, escrito y conocido.

Nos propone una sabia estrategia, dice: Hay que Producir el vacío. De lo que se trata es de olvidar lo que se ha leído, vaciarse de los Otros, de lo conocido; porque solo desde el vacío se puede crear algo nuevo. Clarice Lispector también nos lo recuerda en uno de sus pasajes:

“Tengo mido de escribir, es tan peligroso. Quien lo ha intentado, lo sabe. Peligro de revolver en lo oculto y el mundo no va a la deriva, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que colocarme en el vacío”

¿Qué quiere decir ese vacío? Es aquello que ignoramos. Ranciere siempre alivia para pensar en esto: Si se puede enseñar aquello que se ignora, debemos poder escribir en el vacío de lo que aún no conocemos. Se trata de permitirse hurgar en ese lugar virgen, transitar la búsqueda y ya.

Vuelvo a recordar al estudiante resignado y pienso en esa formación que no da al menos un espacio para que lo que escribimos se parezca un poco más a lo que somos. Pienso en una escritura sin el peso de los fantasmas de quiénes nos juzgarán, de quienes nos leerán. Pienso en escribir desde el descaro, la desfachatez, en rebelde anarquía, sin ley y sin temor.