Sobre la presencia de ausencia/s o la ausencia de presencia/s El lenguaje como ámbito de la realidad capaz de encarnar presencias y ausencias

El título de este artículo tal vez quiera significar un modo de provocación para abordar las reflexiones que siguen. Vaya a saber uno, cual es la fuerza vital que las impulsa a querer volcarlas en un papel y compartirlas, trascendiendo el sólo mundo de la conciencia singular. Sera cierta disposición humana, pintada por Julián Zini en el verso de aquel inolvidable chamamé, Avío del alma.

(…) Ya ve, siendo pobre lleva una riqueza,

recuerde, se aumenta compartiéndola. (…)

Pareciera ser que el río existencial tiene que drenar o de lo contrario desvirtúa su realidad. ¿Hacia qué mar prometido y desde qué montaña viene bajado aquella densa masa de agua existencial? ¿Cuántos charcos y lagunas quedaron en el intento de llegar a la inmensidad marina? ¿Quién sabe si el propio impulso vital no queda inmerso en el pequeño charco de narcisismo sin poder avanzar hacia la gran masa de agua que trasciende las limitadas perspectivas y orienta el horizonte común? Tal vez, satisfecho en las propias convicciones no se pueden hacer estallar los marcos del propio pensamiento y ese sea un gran obstáculo hacia la realización de la armonía vital.

¿Acaso, no son las estancadas formas de la existencia separada, las que resecan desde dentro el río de la existencia común? ¿No será la arbitraria exigencia del pseudo iluminado (que parece tener la moral absoluta, como la de un Hegel, Stalin o Hitler) la provocación a la libre expresión de las subjetividades y atropellando toda posibilidad de diálogo intersubjetivo impide que emerja la corriente propia del “auténtico nosotros comunitario”?

Ahora bien ¿Existe alguna fuerza capaz de detener al río, o tal vez, de direccionarlo completamente a su antojo? ¿No han sido muchos quienes prometiendo llegar al mar fueron a parar a un pequeño charco que aparentaba ser la gran masa de agua salada? El mismo Zaratustra, al bajar de la montaña ¿no propone una nueva metafísica en nombre de su destrucción? Pareciera que la filosofía hecha a martillazos genera un particular sonido, aunque estos no son discordes a la melodía universal que ya venía sonando.

¿Qué es aquello de lo que tenemos que librarnos para que no siga repitiéndose en la historia el mito de Caín y Abel?

¿Será tal vez el peso de las disposiciones que la cultura tejió en la carne humana lo que cuesta configurar y reconfigurar desde el epifenómeno de la conciencia? ¿Será esa la primera batalla y la más cercana?

Si bien, toda configuración es siempre un modo de guía y camino en la incondicionada posibilidad; también, toda configuración es capaz de ser percibida, pensada y reconfigurada desde el epifenómeno de la conciencia.

Esa dimensión incondicionada propia del ser humano es señalada por varias vertientes filosóficas algunas muy antagónicas entre sí y otras no tanto, como p. ej., el emergentismo materialista de Edgar Morín, el cientificismo materialista de Mario Bunge, la fenomenología de Merleau-Ponty, el realismo de Jacques Maritain, la filosofía Latinoamericana de Enrique Dussel, el existencialismo de Kierkegaard, la hermenéutica de Ricoeur, etc. Esta dimensión original, no es sinónimo de libertad absoluta en las personas, pero sí permite darse cuenta que somos capaces de estar más allá de la pura construcción social y por ello podemos llamarla metacultural. La necesidad de señalar esta dimensión, se encuentra de algún modo en la crítica que le hace Rancière a Althusser, en “La lección de Althusser”. Este plantea que desde el estructuralismo althusseriano no se puede pensar ya que el sujeto está absolutamente determinado por la estructura. La asfixia que siente Rancière ¿no es acaso el sentir que se ha acorralado aquella dimensión interior a partir de la cual uno pretende ser sí mismo?

Esta instancia incondicionada, no es absolutamente indeterminada, pues se encuentra situada en torno a un fluir cultural determinado o como decía Rodolfo Kusch se halla georeferenciada. La determinación no es absoluta y las posibilidades de cambiar dicha determinación es testimonio de su indeterminación. Por ello no podemos negar la capacidad del “desde donde” se realiza la revolución, el cambio o la alteración del fluir cultural establecido. Ese “desde donde”, es el punto de partida a partir del cual cada persona y/o la comunidad expande la novedad. De ahí que muchos buscan manipularlo y direccionarlo desde perspectivas totalitarias o fundamentalistas. El totalitarismo o fundamentalismo, no tiene derechas, izquierdas o centros; éste, es un modo de avasallar y dominar, pensando que la propia perspectiva es la única valida, o sea la única manera de alcanzar el mar. Por eso, siempre se maquilla y cambia de lugar; su fin último es imposibilitar una elección fuera de ella e impedir el uso de la conciencia, ya sea por la violencia física o psíquica ejercida provocando exceso o escasez de bienes materiales y culturales.

La conciencia es la dimensión de la persona humana a partir de la cual se puede estar más allá de…, es el “desde donde” inmanente a los cuerpos humanos, que se halla sostenida en la carne concreta de cada persona, pero no se limita ni se reduce sólo a ello. El encuentro entre humanos expande a la conciencia y genera la posibilidad de alcanzar el horizonte común, la intersubjetividad. Por ello, enriquecer o limitar dicha dimensión depende fundamentalmente de la capacidad relacional que una sociedad pueda entretejer mediante el encuentro de consensos y disensos, respetuosos de las personas.

La intersubjetividad se encuentra nutrida en el reconocimiento más que en el consenso o disenso; por ello una masa que busque una misma finalidad pero sin haber desarrollado la intersubjetividad y el respeto mutuo, puede ser presa del fundamentalismo y del nihilismo de las individualidades.

La posibilidad es el horizonte, así como la carne humana se renueva constantemente, el “desde donde” se halla indeterminado, inacabado, abierto a una nueva posibilidad. Así como hay alimentos que son dañinos al cuerpo, hay alimentos que son dañinos al “desde donde”. Algunos fenomenólogos de fines del s. XX han denominado “cultura de la muerte” al conjunto de expresiones culturales que buscan una plenitud limitada en el tiempo o en las personas, pero que no tienen en cuenta la vida humana en su amplia temporalidad ni en su amplia dimensión comunitaria. No se trata de uniformar, pues ya planteamos que siempre va teñido de cierto fundamentalismo, sino más bien de buscar un interculturalismo respetuoso del “desde donde”, capaz de cierta libertad de la vida humana en su expresión singular-comunitaria, cuyo “estar”1 alcance una armonía con el medio ambiente.

Pareciera que el límite de la conducta no es el poder solamente, sino que es necesario encontrarse con formas respetuosas de la intersubjetividad. Una gran tarea para una cultura del encuentro que respete y reconozca la carne humana es transformar todas las ilusiones que animan las diversas formas de fundamentalismo en ideas de cultura respetuosa, que posibilite el encuentro, que tenga capacidad de transformación de todos los modos de reificación y comiencen a tejer la carne humana desde el reconocimiento, y el respeto.

Entendemos la reificación en el sentido lukacsiano2, como la neutralización del reconocimiento llevando a establecer a) relaciones de deshumanización entre las persona, b) una deshumanización personal por instrumentalizar la propia vida, y c) una manipulación de la naturaleza por no relacionarse respetando sus propios dinamismo. En definitiva, la mirada utilitaria nunca da con la realidad, pues la mirada utilitaria sólo se mira a sí misma y los modos de reducir carencias.

¿Cómo superar la reificación?

Encontramos en las reflexiones fundadas en el respeto de la intersubjetividad 3 un modo posible de iniciar el proceso de unidad popular. Dicho reconocimiento y respeto, siendo capaz de una reconfiguración social, tiene que recrear las condiciones para que cada persona pueda expresarse a partir del “desde donde” sin simplificar la irreductible trascendencia de cada persona.

Estimo que la recta comprensión del nosotros como comunidad ética e histórica del “yo”, el “tú” y los “él” (en la comunidad de la familia, el pueblo, la Iglesia, etc.) une ambos aspectos que parecen oponerse: el de una comunidad que no es la mera suma de los individuos, y el de la trascendencia ética de la persona cuya epifanía se da en el cara a cara de la relación ética con otro. Pues ésta corrige cualquier intento de totalización proveniente de un plus de espíritu de rasgos hegelianos, o de la colectivización marxista o nacionalsocialista, que tienden a reducir las personas a meros momentos de una totalidad social o política. Claro está que la exclusión del plus de espíritu no excluye la presencia del Dios trascendente, el cual no sólo respeta sino que funda la irreductible trascendencia ética de cada persona en cuanto ella es un otro de los otros y es un yo cara a cara con los otros. Y funda también su comunidad y comunión. Pero también la comprensión del nosotros. 4

Al retomar la reflexión en torno a las presencias, que desde la conciencia, señalan ausencias; pareciera que dichas presencias reclaman un nuevo horizonte hacia el cual se pueda avanzar en aras de superación. Un rumbo posible y concreto es el señalado por el filósofo argentino de la liberación Juan Carlos Scannone, cuya senda tendría que permitir a las instituciones (escuela, club, familia, partidos políticos, iglesia, etc.,) ser espacios los espacios fundacionales de un estar verdaderamente humano. Donde, dicho “estar” permita expresar el “desde donde”, único e irrepetible de cada persona y a partir de allí fermente un profundo desarrollo intersubjetivo, de encuentro y provocación de los pensamientos, siendo capaces de superar las situaciones de reificación o instrumentalización sistemática y despersonalizadora que es provocada por muchas de las acciones políticas, incluso de aquellos espacios que en nombre de la emancipación terminan siendo totalitarios y enajenantes.

Estos “encuentros”, hoy ya están haciendo estallar los límites estrechos de muchas instituciones normalizadoras que reifican y generan ausencias en la vida humana. Muchos Movimientos sociales son ejemplo de la escritura que realiza la “nueva poética social”. Poética escrita en la carne humana y en la historia, cuya belleza se vislumbra en la armonía del habitar y de la interrelación humana. La poética de la escritura que reconfigura la carne humana y el mundo habitado, tiene que ser el estímulo que nos lleve a seguir poetizando y transformando lo reificado en reconocimiento y dignidad.

  1. Para Rodolfo Kusch el ser y el estar son dos dimensiones metafísicas íntimamente relacionadas del humano. El estar se nombra con el suelo, este “no es ni cosa, ni se toca, pero pesa, es la única respuesta cuando uno se hace la pregunta por la cultura”. Ver en: Kusch,R. (2000) Geocultura del hombre americano. En: Obras Completas. Tomo III, Editorial Fundación Ross. p.110
  2. Honneth, A. (2007)  Reificación. Un estudio en la teoría del reconocimiento. Katz. Ver especialmente el capítulo IV. La reificación como olvido del reconocimiento. Allí Honnet intenta hacer un replanteo de la reificación planteada por Lukacs, a nuestra consideración sigue siendo más claro el planteo de Lukacs. pp. 105-113
  3. Husserl entiende la intersubjetividad como realidad fundacional “así como yo, nosotros y el mundo nos pertenecemos mutuamente” Ideas II, n°62.
  4. Scannone, J. C. “El Nosotros ético histórico: Hacia una ética en perspectiva latinoamericana”. En Conjetutura. 2011. Vol. 16, n°1.  p. 69-82.