El diablo en el cuerpo

La adolescencia es un posible envoltorio simbólico de la pubertad. Síntoma de la pubertad tal como fue enseñado por Alexander Stevens hace veinte años. Queda demostrado que la adolescencia es creación de la cultura desde que la interesante antropóloga Margaret Mead, evidenciando la vanidad de toda ontología sobre la adolescencia, realizó una investigación en Samoa para hacer conocer la alteridad del envoltorio1. No hay un universal de la adolescencia, sino que hay una “pubertad catástrofe”, maldición universal 2, como hace treinta años la bautizó Serge Cottet.
Aproximarse a ella siguiendo la orientación del último Lacan implica hacer el paso de la ontología de lo universal a la existencia de “un” adolescente. A través de la oferta de la palabra al “Uno”, el psicoanálisis orienta el camino de inscribir una diferencia en la manera en que se vive la metamorfosis que la pubertad provoca.
La metamorfosis es ambulante, como bien dijo nuestro poeta mayor Raúl Seixas. Deambula en los tres registros de la experiencia del parlêtre: real, simbólico e imaginario. La pubertad es un tiempo clave en la vida del sujeto, marcado por la experiencia del cuerpo como Otro y del contacto íntimo con el primer cuerpo del otro sexuado. En suma, la entrada “al goce y su séquito de malas flores”3.

Lo real del cuerpo
El púber atraviesa un torbellino de cambios de un cuerpo familiar que se vuelve cada vez más extraño. La inquietante extrañeza, como sabemos, es una modalidad singular de la angustia, que con ella no debe confundirse4.
Para una joven, la pubertad se anuncia con sangre y con la aparición de los caracteres llamados irónicamente secundarios, como Lacan lo hizo notar: la redondez de los senos, los vellos púbicos y todos los demás vellos que incomodan a las jóvenes occidentales – hay una industria encargada de extirparlos. A su vez, para un joven, la manifestación capilar y el cambio de la voz extrañan su cuerpo.
La oscilación entre la voz que se pierde y la nueva que surge ha proporcionado incontables insumos a los devaneos de los poetas. El extraño fenómeno de los castratti, analizado en profundidad por Gérard Wacjman en su libro sobre la voz, puede ayudar a ver el alcance del cambio. Si la voz es lo que instaura un tiempo, un antes y un después, la pubertad evidencia el ápice de esa metamorfosis. “La voz aparece en su dimensión de objeto cuando es la voz del Otro”, enseña Jacques-Alain Miller5. En la pubertad se experimenta el surgimiento de una voz Otra y, si el cuerpo sale de la voz y no al revés, el cuerpo en exilio de la infancia es radicalmente Otro.

Simbólico/Imaginario
Con respecto a las metamorfosis que atraviesan los discursos, podemos decir que es en la pubertad que se establece el ambulante. Se cambia el gurú, la banda musical, el corte del pelo. A menudo los ideales no quedan estáticos, y puede ser que la persona sea punky una semana y krishna en la siguiente. Nunca haber abierto la tapa de la basura en la cocina y una semana después ser el defensor del reciclaje selectivo. Defender los derechos de autor y ser partidario del creative commons veinticuatro horas después. Las prácticas política y religiosa, y sobre todo la amorosa, bailan conforme a los deseos vigentes y a las posibilidades identificatorias inmediatas.
El deseo de ser que alimenta el hambre de identificaciones adopta en algunos la forma de un claro envanecimiento. Creencias delirantes sobre el ser donde se fundamentan las radicalidades chiitas, la exageración de las pequeñas diferencias entre las personas, la constitución de bandas, pandillas, sectas, guetos, agrupaciones, clases y cualquier otro dispositivo de segregación y discriminación de lo diferente, del extraño, como decimos, amenazan al cuerpo joven desde el interior. El resultado es la extimidad del goce Otro. Sobre el propio cuerpo se hacen considerables objeciones: las espinas, el tamaño de la nariz, el volumen de los muslos, la tosquedad de los pies, las marcas y cicatrices. Son innumerables objeciones al propio cuerpo, contra defectos y extrañezas que sólo él puede nombrar. Miedos singulares de parecer a la madre o al padre, o aún de no parecer a nadie.
El deseo de ser constituye el sujeto, pudimos aprehenderlo en el Seminario VI. Por eso nos interesa más lo que el joven sujeto dice que lo que no dice; la manera como lo dice más que lo que los tatuajes y pendientes muestran. Hablando, el joven relaciona el ser con la carencia, el deseo que encarcela con el dolor de existir, puesto que se revela excéntrico a la satisfacción; cuando se calla, es la estasis imaginaria del yo que lo aprisiona en una celda donde la castración no entra; nadie entra; puerta cerrada. Los guardianes de la puerta son los fantasmas del deber, a los cuales muchas veces responde con la impunidad de la pereza.
No es sorprendente que todos los fantasmas educativos surjan del túnel de doble circulación entre la infancia y la vida adulta, que Freud imaginaba ser la pubertad. Es en el túnel que la infancia, siendo incurable, hay que predicar, prohibir, reglamentar. Es en el túnel que algunos se quedan atrapados.
La imagen del yo es muda – una estatua capturada por un selfie. La estasis de la imagen que trabajamos recientemente como plus-de-goce impera durante la metamorfosis, pues es ella que permite olvidar la falta-en-ser producto del lenguaje apagando la castración. A veces la joven alcanza una maestría en el uso de máscaras y velos que la permite prolongar el selfie durante toda una salida al boliche, no más. Otros artificios, como la MDMA, el alcohol y otros compuestos químicos, prolongan el paraíso artificial nocturno que les convierte a todos en valientes, pero drogados, stoned. Síndromes de ninfa, Don Juan descarado, dandies marquetineros, y otros personajes bien conocidos por todos.
Cuando un joven habla, entra en escena la decadencia del ideal del padre, del saber del padre, del cuerpo del padre. El asombro con los cuerpos de los padres, el calor inquietante de la madre, las secreciones y hábitos raros caen bajo el martillo del habla.
Desde el parlêtre joven aprendemos el hueco sin salida que compone la pubertad. Un cuerpo que se plantea como Otro todo el tiempo, un deseo que no tiene vergüenza y que no puede ser domesticado por la estasis de la imagen.

La llama doble
Así la denomina el poeta mexicano Octavio Paz la turbulencia púbera capital que objeta la hipótesis continuista de la sexualidad infantil. “El fuego original y primordial, la sexualidad, prende la llama roja del erotismo, y ésta, a su vez, sostiene y prende otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida”6. Por otro lado, la polarización entre el amor y el goce, que Freud enseñó a identificar, entra crudamente en escena cuando uno Ud. más allá del Edipo literal abandona los jóvenes en el túnel oscuro. Ni la madre ni el padre no son iluminados por la llama del pregenital enterrado. La flecha de Eros no apunta más a ellos. La llama no será más Una. Armada con el amor del padre y desarmada con la castración materna, llevando el tesoro ambiguo de su virginidad, una joven avanza enmascarada. La llama roja, el diablo en el cuerpo, se enciende por poco, una chispa, la mínima mecha, en la oscuridad del cine, por ejemplo, donde se vive el primer ‘caliente lateral’, dice la poetisa brasileña Ana Cristina César:
Soy linda; hermosa; cuando en el cine usted roza el hombro en mí, calienta, escurre, ya no sé más quien deseo7, que me asa viva, comiendo cuajada o atenta al bozo de ellos, qué ternura me inspira aquel gordo aquí, aquel otro allí, en el cine es oscuro y no importa la pantalla, sólo el lado, el caliente lateral, la mínima mecha.8

Claro que puede ser en un banco en la plaza, en la misa, que la realidad sorprendentemente responda, que un meñique se enganche con otro; seguramente allí tendrá más posibilidades “[… el goce] a cuentagotas del escalofrío de lo prohibido”9, en una brecha de la permisividad generalizada. Hay también – ¡son muchos! – los que eligen el celibato y la continencia, la fóbica vergüenza y el rechazo al ardor, el aburrimiento del onanismo (l’ennui et l’Un), las fortalezas de sus soledades, los excesivamente solitarios, como canta Ronei Jorge10, poeta local. Esto según lo que nos llegan diciendo.

Hay muchas maneras de creerse un cuerpo, única consistencia posible de LOM. El castigo y la tortura son tan viejos como las caricias. Habrá que escribir sobre eso. La hipótesis de estas notas es que en la pubertad el erotismo, aquello que asa el cuerpo entero, el diablo en el cuerpo, la llama roja, volviendo a los poetas, encuentra su turno de brindar consistencia al parlêtre, sea solo o mal acompañado. Mejor si enamorado.

La pubertad se imagina como el momento de “revocar cualquier sublimación para honrar la pulsión”11, amuros por doquier. Pero el túnel no desemboca en el paraíso, sino que, en la Babel del mal entendido entre los sexos, el agujero en el real, estación corolario del momento catástrofe: “Al contrario de hacer posible la relación sexual, el momento de la pubertad provoca a los fantasmas que la distancian”12. Fantasmas al acecho desde la infancia, en latencia, que actúan en retardo impuesto por el tiempo biológico. Las condiciones eróticas fetichistas, demandas erotómanas, la batalla siempre perdida contra las pulsiones parciales, los dramas del amor y las tentaciones arriesgadas de la muerte.
Es con el diablo en el cuerpo y los fantasmas en la palabra de niños, jóvenes y viejos, con que los analistas pasamos los días comprometidos.

* Le diable au corps (El diablo em el cuerpo) es un romance de Raymond Radiguet, conocido como “Monsieur Bébé”, escrito a los 18 años y publicado en 1923, año de su fallecimiento. La narrativa atestigua el exilio de la relación sexual en la adolescencia: un love affaire entre la mujer de un soldado y un joven estudiante celoso de 16 años, que se acaba em tragedia.

Revisado por Luiz Gonzaga Morando Queirós
Traducido por Leonardo Delmondes

  1. La reciente, extraordinaria y desoladora película Beasts of no nation (2015), de Cary Joji Fukunaga, distribuída por Netflix, lo demuestra de una vez.
  2. COTTET, Serge. Puberté catastrophe. L’Âne. Le magazine freudien, n. 22, p. 43-44, jul.-sept. 1985. Versión en portugués: Puberdade catástrofe. Estudos Clínicos. Transcrição 4. Publicación de la Clínica freudiana, Salvador, 1988, p. 101-106.
  3. MILLER, Jacques-Alain. Extimidad. Buenos Aires: Paidós, 2008. p. 446.
  4. VIEIRA, M. A. A inquietante estranheza: do fenônemo à estrutura. Latusa, Rio de Janeiro, v. 1, n. 4/5 p. 123-138, 1999.
  5. MILLER, Jacques-Alain. Jacques Lacan e a voz. Opção lacaniana, año 4, n. 11, jul. 2013. Disponible en: <http://www.opcaolacaniana.com.br/pdf/numero_11/voz.pdf>.
  6. PAZ, Octavio. La llama doble. Amor y erotismo. Madrid: Seix Barral, 1993. El autor empezó este libro en su adolescencia, pero ‘traicionó’ el deseo de escribirlo hasta que llegara a la edad adulta, momento en que su poema “Carta de creencia” reactivó dicho deseo.
  7. Cuando surge como deseo, desaparece como sujeto. Catástrofe.
  8. CÉSAR, Ana Cristina. Anónimo. In: A teus pés. São Paulo: Editora Brasiliense, 1984. p. 28.
  9. MILLER, Jacques-Alain. O segredo de Charlie. Trad. Teresinha N. Meirelles Prado. Lacan cotidiano, n. 457. Publicado en Paris, en 14 de enero de 2015. Disponible en: .
  10. Banda sonora de Jango, de Glauber Rocha, compuesta por Ronei Jorge y João Meirelles. Banda Tropical Selvagem, Bahia, 2014.
  11. MILLER. O segredo de Charlie.
  12. COTTET, Serge. Puberdade catástrofe. Ibid., p. 10.