El recuerdo olvidado: la paradoja de lo ausente en la memoria

“Con el recuerdo, lo ausente lleva la marca temporal de lo anterior” (Ricoeur, P.: La memoria, la historia, el olvido, p. 38)

La lucha por retener recuerdos es agotadora. Requiere constancia y disciplina. Y aún así, nada garantiza que se pueda salir airosa de ella. No contemos aquellos recuerdos que se escapan porque sí, porque no les dispensamos la debida consideración. ¿Cuál era el nombre de la maestra de primer grado? Si me esfuerzo obtengo una figura borrosa, y quizás una cara, pero ya no soy capaz de recordar su nombre. Me da pena, porque el intento de traerla a la memoria me provoca una sensación de dulce melancolía. ¿Se llamaba Nelly? Vaya una a saberlo, hoy. Pero hace ya unos cuantos años sí que podía saberlo. Recuerdo que la recordaba, y recuerdo la alegría tímida que me eso me provocaba. Me acuerdo de que la quería. El recuerdo ausente despierta en mí nostalgia. Lo tenía y ahora no, se fue, no está y no sé cómo recuperarlo. Tampoco sé si quiero hacerlo. Fue hace tanto tiempo… ¿qué puede significar ahora?

Pero hay otros recuerdos que me esfuerzo por conservar, convocándolos en ocasiones precisas, desempolvándolos, emprolijándolos, poniéndolos en orden. Incluso aunque duelan, y a veces más aún cuando duelen. Me produce una morbosa felicidad el regodearme en ese dolor antiguo. Sin embargo, incluso con ese esfuerzo de rememoración, el recuerdo se apaga, se apacigua. Da aviso de que algún día ya no estará. La cara del ser querido se irá borroneando, los olores que podía volver a sentir se desvanecerán. Ya no seré capaz de canturrear esa melodía que invadía mi cabeza y mi corazón ni bien me disponía a recordar. En lugar de ese recuerdo, que he arropado, atesorado y quise preservar por años, queda ahora una marca. La marca de que algo estaba ahí, pero ya no. Como las huellas en la playa que, al alcance del mar, éste va borrando suave e inexorablemente. En algún momento ya no las reconocemos. ¿Son pisadas humanas o los cascos de un caballo? ¿Había un castillo de arena aquí donde sólo hay montículos informes y surcos por los que entra el agua, incansable e insistente?

La conciencia de la ausencia del recuerdo que estaba ahí (¿o no?, ¿cómo era?, ¿cuándo dejó de estar?) se asemeja al dedo que recorre el surco de una vieja cicatriz, ésa que viene desde la infancia en la plaza, entre hamacas y toboganes. Pero aunque mi dedo la recorre ahora, en este mismo instante, el dolor que sentí aquella vez no está y casi no recuerdo cómo fue que me la hice. Me llegan ecos asordinados, sonidos e imágenes acuosas que se deshilachan, se borronean y, finalmente, se desvanecen. Sí me acuerdo de que me acordaba, también sé que mi cuerpo se acordaba, porque luego de esa herida se volvió más cuidadoso frente a la, desde ese momento, taimada peligrosidad de la hamaca.

La memoria, ese ejercicio que cada uno de nosotros puede hacer al querer recorrer su vida en retrospectiva, se presenta como un recoveco atrayente en el cual bucear para dar con la experiencia de lo ausente, de la ausencia, de los ausentes. La memoria ofrece una doble vía para acceder a esta cuestión. Una, la que trae la cita de Ricoeur que se propone como disparador: el recuerdo es la presencia de lo que ya no está. En el recuerdo se nos hace manifiesta la ausencia. Recordamos algo, o a alguien, porque no podemos ya experimentarlo o hacerlo, o tocarlo, abrazarlo, verlo. La experiencia es ahora y aquí, todo lo demás está en la memoria, o en la imaginación.

Y hay otra vía por la que la memoria nos permite pensar lo ausente. Una vía sugerente y paradójica: el recuerdo del olvido. La percepción íntima de que había un recuerdo que ya no está, del cual sólo es posible recuperar ecos difusos e imágenes fantasmales. Un recuerdo olvidado es, parece, un absurdo. Si lo olvidé no es un recuerdo, no lo puedo traer para que mi cuerpo o mi mente vuelvan a experimentarlo. No se trata de la simple sensación que todos hemos tenido y que podría denominarse “en la punta de la lengua”, cuando nos damos cuenta de que sabemos algo que no podemos recordar en determinado momento, pero que, casi siempre, es un olvido reversible. Un poco de imaginación, otro de paciencia y el nombre olvidado vendrá a nuestro encuentro. Ése no es un olvido real, es apenas una discreta salida de escena, sólo para re-aparecer al rato cuando sea necesario. Si bien es una metáfora anticuada a la que ya nadie apela hoy en día, por razones justificadas, me gusta la imagen que presenta Locke de la memoria como un almacén donde vamos a buscar aquello que queremos rememorar. Me sigue pareciendo atinada porque deja en claro que los recuerdos están en algún rincón subjetivo que podemos alumbrar adecuadamente bajo determinadas condiciones y recuperar, así, aquel día en la escuela, la piel cálida del caballo montado una tarde de verano, un dolor de muelas. No hay ausencia del recuerdo allí, no es un verdadero olvido. No es más que un pase de magia a través del cual algo se oculta para volverse visible luego.   

Un recuerdo olvidado, que sé perdido, expresa para mí la experiencia más precisa de la ausencia. La ausencia se tiene que hacer notar de alguna manera, sin alguna señal de que había algo que ya no está no nos percatamos de ella. Un olvido perfecto, un objeto perdido que no deja marcas, ni siquiera el hueco en el lugar donde debía estar, una persona que a su partida no ha dejado rastros, son todos ejemplos de la desaparición de la ausencia. No hay ausencia allí. Porque no hay nada que nos convoque a pensar en lo que falta, en lo que ya no está, pero estaba. 

Se puede pensar en el contrapunto entre las figuras de Elhanan y su hijo, Malkiel, en la novela El olvidado de Elie Wiesel. Elhanan comienza a perder la memoria. Aterrorizado por ser incapaz de recordar más su pasado, y también por sus deudas impagas del ayer, le encomienda a su hijo Malkiel la tarea de buscar eso que está perdiendo. El hijo emprende el viaje hacia el pueblo de su padre, que es, también, hacia el pasado de su familia. Pero no sabe qué está buscando. Malkiel no ha perdido nada, no hay ausente que recuperar para él, a diferencia de su padre a quien la memoria se le desvanece progresivamente. Elhanan percibe la ausencia en el momento mismo en que se está produciendo. Sabe que al final de ese proceso sólo quedará una marca tan leve como una mota de polvo en lugar de sus recuerdos. Malkiel, el hijo, emprende una búsqueda que no tiene destino. Muñido con una linterna en la oscuridad del almacén de la memoria de su padre, no sabe qué falta, tampoco sabe qué buscar. Su padre no lo recuerda ya, sólo sabe que un fantasma se agita en su interior y que es menester atraparlo antes de que sea tarde, antes de que sea borrado de manera irreversible. Malkiel no encuentra huellas que le digan qué había allí antes, no tiene un inventario contra el cual comparar sus hallazgos. No tiene tampoco un indicio que le señale hacia dónde buscar. No hay, ante él, nada que denuncie su ausencia. El viaje de Malkiel resultó, al final, una exploración para sí mismo. No pudo traerle al padre aquello que había perdido. En su lugar, encontró historias y personajes que le hicieron conocer mejor a Elhanan y su pasado. Sin embargo, no sabe cuál de sus hallazgos puede servir para remediar la pérdida constante de memoria que aqueja a su padre. Elhanan es testigo de la generación de la ausencia. Malkiel, el hijo, apenas llega a vislumbrar qué tipo de experiencia puede ser ésa.

También están ausentes los recuerdos que debíamos tener y no tenemos de, por ejemplo, nuestras primeras vivencias del mundo. Recuerdos inconscientes, dirá el psicoanálisis, que sin embargo dejan huella en los cuerpos. Un niño pequeño reacciona de cierta manera al gesto de la mano adulta, se acomoda en la cuna como si aún estuviera en el vientre materno, deja de llorar al percibir el latido de un corazón conocido.

Hay que evitar pensar a la memoria como un inventario racional e intelectual que puede ser recapitulado a gusto cuando la ocasión lo requiere. La “presencia de lo ausente”, como dice Ricoeur, expresa más ajustadamente el fenómeno de la memoria sin reducirlo al almacenamiento. Permite pensarla como un entretejido lábil de presencias y ausencias. Los recuerdos están presentes por lo que no está. Y, a la vez, esos recuerdos amenazan con ser, ellos mismos, los próximos ausentes.

Así como la nada o el vacío pueden estar en el centro de una experiencia, lo mismo puede decirse de la ausencia. Lo ausente no surge de comparar una foto original con otra modificada por un orwelliano “Ministerio de la Verdad” y descubrir quién fue borrado de una historia. Una imagen estática, o dos en este caso, no pueden ser buenos ejemplos de lo que quiere pensarse al rodear la boca del pozo de lo ausente. Lo ausente se produce con un frenesí incontrolable que supera todos los esfuerzos que puedan abocarse a evitarlo.

¿Podría decirse que el tiempo, en su incesante devenir, es la producción misma de lo ausente? Tal vez, aunque no únicamente. Las novelas de E. Wiesel y de G. Orwell referidas son buenas muestras de la capacidad que, como agentes históricos, tenemos las personas para producir ausentes. La silueta humana dibujada con témpera en un cartón que cuelga en las rejas perimetrales de un centro clandestino de detención, o las Stolpersteine, marcas metálicas con las que el peatón se tropieza en distintos lugares de Alemania, denuncian allí la producción humana de la ausencia. Pero esas ausencias, aunque dolorosas, son parciales. Tienen nombres y apellidos, hay quienes recuerdan a las personas que representan. Y aunque sus cuerpos estén desaparecidos, ellas están, como gritan las voces que se estrujan por la emoción en un coro colectivo, presentes.

Pero no me quiero dejar engañar. Hablar de lo ausente sólo en relación a la muerte o a la tragedia es dejarse llevar por una asociación cómoda que denota haraganería mental. Por eso el rodeo por la memoria y la exploración del olvido. El concepto paradójico del recuerdo olvidado ofreció un acceso que me permitió, al menos, atisbar aquello indescifrable que acecha en lo ausente. Cuando Malkiel llega al viejo cementerio judío donde están sus ancestros, el sepulturero le dice sobre los muertos: “son capaces de jugarte malas pasadas, de enganchar tu abrigo y desgarrarlo, de enganchar tu mirada y desgarrarla también…” (E. Wiesel, El olvidado, p.17). Eso sucede en cuanto queremos abordar lo que parece ser el límite de lo pensable. Aquello que, sin ser ya, moviliza todavía nuestras entrañas y nos arroja a la inquietud de un camino tortuoso, en medio de la noche, provistos apenas con una pequeña y temblorosa lámpara.