Lo ausente

Habré de levantar la vasta vida que aún ahora es tu espejo:
Cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
Cuántos lugares se han tornando vanos
y sin sentido, iguales a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
Músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo, yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde.
Jorge Luis Borges

La nueva versión de la revista La Tía comienza con unos versos Borgianos. Como es de prever, rápidamente aparece allí la ausencia y sus derroteros. El destierro, el abandono, el exilio, la huida, la retirada súbita e impensada. Al parecer los ausentes pueblan silenciosamente casi todas las soledades, todos los rincones y todos los silencios. Cada tanto se despiertan y acuden alertas o a tientas a la cita silenciosa de lo faltante. Al parecer hablan de lo que no está, de lo que falta o de lo que hace falta. Los hermosos versos de la “tonada del viejo amor” son elocuentes: “¿y ahora que estás ausente tu canto en la noche me lleva tu pelo tiene el aroma de la lluvia sobre la tierra y tu presencia en las viñas dorada de luna se aleja”. Se trata quizás del milenario juego entre la presencia y la ausencia.

¿Qué es entonces lo ausente? ¿Es un extraño signo de amor? ¿Es simplemente lo que no está? ¿Es el destierro o la privación? ¿Es el éxodo y la partida? ¿Es la derrota y la marcha? ¿Son acaso los expertos en la huida, los campeones del escape, del éxodo y la pérdida? ¿Es el apego, el aprecio o la consideración?
En esos mismos versos encantadores que acabamos de leer acerca del recuerdo y la añoranza, del olvido y la desaparición se destacan en los amantes. Al fin y al cabo es posible que sean ellos los que sepan de qué se trata la ausencia. ¿Estás aquí? ¿Vendrás? Para ellos tanto como para nosotros lo que cuenta es un signo de amor.