DIVINOS TESOROS
Unas voces del resto

Sección Divinos Tesoros / por Mariela Alonso
Unas voces del resto
Existen cuestiones que resultan bastante saludables cuando no le interesamos al otro. Hay un extraordinario beneficio en esa carencia porque la revelación se vuelve complicada; entonces, en una lógica de la salvación, en esa incapacidad de ser leídos, nos podemos resguardar. En esa vuelta de percepción, que desconoce y anula al otro, se nos permitió operar durante aquel tiempo mediante algunas válvulas de escape. La falta de inteligencias y el irrefrenable deseo de empoderarse, determinó en nuestra escuela que los manipuladores fueran manipulados por sus taras y de milagro, recibimos premio por castigo.
Una mañana mandaron a llamar a la docente de Sexto B. -¿Cuál era el “B”? -El de arriba, el último. -¿El chiquito? -Sí, el que no tiene puerta.

Entre el momento de atravesar la puerta sin puerta y la entrada al despacho de la directora, había que andar, atravesar metros y metros de piso rojo y perspectiva negra. Cuando nos venían a buscar, sucedían efectos diferentes: la gente temblaba, los agentes se relamían y los ingentes estirábamos el cuello para parecer más altos y también los brazos, como un pedido de socorro.
Tenés un alumno nuevo, lo mandó un juez, mató a alguien. Lo siento, querida, si lo manda un juez yo no puedo hacer nada. Acá tenés el número de la asistente social del juzgado. Llamala y decile que ya te expliqué todo y arreglate con ella. Andá nomás.
Desde la puerta del despacho se podía sentir el espacio abierto del salón de usos múltiples como una pista de baile. De regreso al aula sonría. A partir de ese día se habilitaron nuevas estrategias para sobrevivir en el gueto y proteger a los nuestros. El general de peluca roja y cigarrillo en mano, por buscar el daño había permitido que una flor emergiera en un muladar. El edificio de la escuela, alejado, como una cárcel de máxima seguridad. Cuando alguien preguntaba por su ubicación, el rostro del curioso tomaba una expresión de desconcierto, como si las coordenadas estuvieran fuera del planisferio, que en ese mismo lugar se colgaba en el centro de los pizarrones, y de otros pizarrones del centro de la ciudad. Un muladar, un basural, un lugar que merece estar afuera, como en las ciudades antiguas donde en los márgenes de sus muros habitaban los leprosos, las prostitutas y los pobres. Una escuela del resto, alumnos del resto, docentes del resto que se sabían eso que sobraba, como lo que queda sobre el firulete amable de una división, el toque poético de algo tan trágico para todos como ese algoritmo de la exclusión.
El alboroto. Quince años de puro canchero, las manos en los bolsillos, la carpeta bajo el brazo y el flequillo sobre los ojos. Ojos verdes. Junto con el primer pie dentro del aula, clavó la sonrisa a un lado de la cara. Ojos vigías. Ojos que lo habían visto todo, sobre todo lo que no puede ser visto, lo que debe estar fuera de la escena, lo obsceno. Ojos verdes. Carlitos.
Ella, su maestra, la que había sido castigada con un alumno problemático, ella, era joven. Atravesaba graves situaciones personales pero cuando se iba para la escuela experimentaba una sensación de alivio, una libertad que se sustanciaba entre el descampado de la periferia y el universo propio que habían creado con sus alumnos y compañeros. Cuando atravesaba la zona de la chatarrería con la bicicleta podía arrojar a esas montañas de restos, que no valían más que para reciclar, un poco de lo que su realidad era, y de regreso, se volvía con un poco de lo que buscaba ser. Ella necesitaba incomodarse en otro mundo, quizás porque la incomodidad del propio le parecía vana. Ella era yo. Yo que hoy me vuelvo a reciclar en este texto pero necesito enunciarme en ella y en nosotros para contarme. Tal vez, ella es quien me ayuda a andar estos pasos sobre el pudor que tengo de decir el nombre de mi alumno y contar algo de su historia.
Tuvieron una breve charla a solas, ella le preguntó si quería estar en la escuela, él le dijo que sí. Los dos sabían que era mentira, entonces ella se rió y él entendió el chiste. Ese fue su primer pacto. Continuó ella: “Sé que conocés muchas reglas, acá hay algunas que quizás no conozcas, pero más importante que esas reglas es que sepas que estamos del mismo lado, del tuyo. Para que eso pueda andar bien, necesito que me des bola”-. A él le brillaron los ojos, luz verde. Se dieron la mano. Y casi todo lo que siguió después fue transgresión, no de Carlitos, sino de ella y del equipo de compañeros docentes que había asumido que la escuela necesitaba ser un buen lugar para el joven. Que Carlitos pudiera estar en la escuela se había convertido en una causa sagrada y había que defenderla; primero porque el general de peluca roja acechaba, es decir, para sostener la farsa del castigo no se tenía que dar cuenta de que estábamos felices. Un buen lugar, el mismo del resto, al que se arroja lo que no sirve, parecía ser el mejor lugar. Algunos, los agentes, la miraban en la fila con la conciencia calma porque sus obsecuencias los habían librado de semejante carga. Los ingentes estábamos encendidos. Carlitos hacía un año que había sido privado de la libertad. Entre otros delitos, se lo acusaba de homicidio. Llegó a la escuela porque había sido ésa una condición para permanecer libre, además de mudarse de asentamiento, donde tanto conflicto y riesgo suponía su presencia. Se mudó al barrio de la escuela con su madre, su padrastro estaba preso y sus hermanitos menores corrían todo el día, como zarigüeyas, rápidos y descalzos, llenos de sol y cáscaras, capas y capas de dolor.
Un día llegó intoxicado. No podía pronunciar bien, estaba acelerado, incontenible, la miraba y los ojos verdes la llamaban para decirle lo que con palabras no podía. Hacía un esfuerzo inusitado para cortar el mambo, para no traicionarla. Ella le sostuvo las manos y le preguntó si prefería irse, él le dijo que sí; también se le acercó al oído para decirle dos malas palabras y un hasta mañana. Al otro día faltó. Ella se inventó tres problemas, de esos que inventaba sólo para él y a la salida fue al lugar donde vivía. Entre las gallinas y los perros salió la madre, con pedacitos de goma espuma, esparcidos por la melena enredada, como estrellas doradas en un cielo negro. Comenzó a desplegar una novela interminable para justificar a su hijo, porque le habían advertido que si faltaba a la escuela se debía avisar al juzgado. Ella le dijo que sólo quería saber si estaba bien y que le traía la tarea que no había podido hacer el día anterior. Temprano, uno de los primeros, llegó contento al día siguiente y se mostraba interesado en resolver las situaciones problemáticas, no las de su vida, esas no tenían solución, decía él: No sufra, seño, ésta a mí me gusta.
Un día se escapó para fumar detrás del mástil, al ser descubierto contó que le costaba mucho estar todas las horas en la escuela, sin probar alguna sustancia que calmara su abstinencia; entonces los ingentes tuvieron la idea de que durante la mañana, pudiera ir a fumar tabaco al baño con algún maestro varón. –Ustedes están locos, van a tener problemas -decían algunos mientras que otros hacían guardia; hasta que aquel momento del cigarro terminó por ser, al fin y al cabo, una charla entre hombres que pretendía decirle a Carlitos, en un idioma que cualquiera hubiera podido entender, que se quedara con nosotros. -Se van a meter en problemas –nos decían, como si hubiera alguna posibilidad de ser docente y no meterse en problemas. ¿Acaso ser docente no es otra cosa que elegir ir al corazón de lo problemático todos los días?
Cierta vez hubo una pelea en el recreo, lo provocaron tanto y tanto dominio había ejercido sobre sí mismo, que estuvo al límite. La llamaron y ella fue corriendo. Justo cuando llegaba, él había descargado su puño sobre otro adolescente. Al verla, eligió no hacer el remate. Se paró junto a ella y en silencio se fueron lejos del tumulto; en el camino supo que no había seguido golpeándolo por ella. -Por vos no lo hice- le dijo él. Al principio fue la ternura, ella se deshizo por esa lealtad; sin embargo, sin pausa llegó la pena, él no podía hacer nada por él. ¿Y quién podía? Todo se llenaba de preguntas. Nos preguntábamos cómo preservarlos, llegué a dudar si teníamos algo para ofrecerle. Qué podíamos hacer para fisurar el destino, ya que ese chico golpeado por Carlitos, había sido signado también y esa mano sobre él profetizaba un pasaje siniestro, como en el juego de la mancha, el pasaje de una hermandad que se nos estaba haciendo irrompible, una especie de epidemia imparable. Se nos iban o los echaban.
Él nos hacía reír a todos, con quince años, torturado por la policía, privado de la libertad, adicto a las drogas, abandonado, expuesto a ejercer violencia, sentenciado y buscado por otros delincuentes, él hacía que el sexto grado “B” se riera a carcajadas todas las mañanas. Como una especie de hermano mayor que hace jugar a los más chicos. Era bello de ver, como sus ojos verdes, y bello también de sentir el modo en que esa ternura de la intimidad se develaba. Yo no podía vislumbrar al oscuro, nunca pude, no pude ni quise aceptar que tenía un arma, que mataba, robaba y amaba, todo del mismo modo. La escuela también carga esa impronta ambivalente, la de aparecer mesiánica, inconmensurable, omnipotente, y a la vez condenatoria, insensible, opresora, maldiciente. La que tiene el arbitrio del sentido y la que no tiene sentido para nadie más que para ella misma, la que le abre las puertas al mundo mientras que encierra en un mundo que vuelve al mundo imposible. La escuela parece ser una poesía de la paradoja, un monstruo que aliena con un aliento de cemento y susurra al oído un himno de libertad. Entonces, indefectiblemente, lo deja a uno paralizado pero con el interior hirviendo como un volcán a punto de entrar en erupción.
No hice lo que decían que correspondía que hiciera, nadie lo hizo. Nunca llamé al juzgado para avisar sus inasistencias intermitentes, ni tampoco otras cuestiones indecibles. Yo estaba ahí con toda la responsabilidad en las manos y no sabía qué hacer con todo eso. Al final, decidimos con los ingentes que la responsabilidad mayor era intentar que siguiera yendo a la escuela y hubo que aceptar haber tomado la decisión, a pesar de que las contradicciones oprimían.
Al otro día faltó. Avisaron que estaba adentro por haber estado involucrado en otra escena de homicidio. Él pidió por ella, no la dejaban ingresar. Él se cosió la boca para que lo sacaran, se la cosió con algo punzante e hilo. Una compañera que tenía acceso al instituto comenzó a gestionar para que la dejaran entrar. Él pedía por ella, no la dejaron ingresar. El general de peluca roja ya se había dado cuenta de la verdad y dispuso todo su poder y conexiones para que nadie, ninguno de los ingentes tuviera contacto con él. Hasta que salió un día, con un permiso especial por veinticuatro horas. Horas de libertad, sólo eso y lo primero que hizo luego de tomar unos mates con la vieja fue ir a la escuela. Parecía más grande. Nos daba las gracias. Tuvo la generosidad de gastar su tiempo de libertad para permitirnos saber que había sentido en nuestra presencia y nuestra tarea. Que habíamos sido suyos y que él había sido alguien para nosotros, que habíamos sido y lo seguíamos siendo. Caminaron por el patio silenciosamente, como una despedida.
Él pedía por ella, nunca la dejaron ingresar. Avisaron que había fallecido. Que lo dejaron salir para robar y poder matarlo, lo mató la policía, eso decía la gente del barrio. Nosotros sabíamos que ese tiro acabó con las oportunidades que quedaban; aunque el crimen fue antes, mucho antes, tanto antes, aún antes de los crímenes que él cometió. En su velatorio, sus ojos verdes estaban cubiertos con dos monedas. ¡Qué ganas de incendiar el mundo! Le pusieron dos monedas para taparle los ojos, que le habían quedado abiertos, que tanto habían visto lo que no tenían que ver. Otra paradoja, él nunca cerró los ojos.
Meses después la vinieron a buscar. Alguien de la Secretaría de Derechos Humanos preguntó por ella en la escuela. Le dijo que necesitaba personal para un proyecto en el barrio, uno de recuperación de adolescentes en riesgo social. Cuando ella preguntó por qué la convocaban, la persona aclaró que un chico del instituto de menores le había contado lo que había vivido con los ingentes en la escuela, cómo habían sucedido las cosas en esa escuela. Al mismo barrio adonde él fue a pasar sus últimos meses, ella fue a devolver lo que él les había dado, lo que él había dejado dicho en su testimonio, quizás, lo que a él le llegó tarde. En un rancho helado y caliente, según la estación, sin agua potable, con un piso mitad portland y mitad tierra, llenaron de poesía y de amor las siestas, otros y ella; recuperaron voces ahogadas, dieron lugar al abrazo de tantos cuerpos corrompidos de violencia y tantas otras historias dignas de contarse en un relato propio para cada nombre. Él volvió a ella, aunque nunca la dejaron entrar, en cada uno de esos jóvenes y niños con los que fue feliz después de aquello, a pesar de aquello y no sin un miedo voraz en las vísceras de que volviera a pasar.
Carlitos nos llenó de preguntas, nos hizo volver a pensar la escuela, nos hizo pensar en nosotros. Nos dimos cuenta de que había un nosotros. Tanto pensamos, que un día, cambiamos de estrategia y levantamos la voz y nuestro grito, que clamaba democracia, justicia, responsabilidad con los niños, posibilidad de vivir, derecho a vivir, a aprender, a cantar, fue tan alto que aturdió al general de peluca roja y a otros más lejanos también. Un grito que fue intenso pero efímero, que ni siquiera llegó a ser el prolegómeno de una transformación. Algo nos ganó, no se sabe si fue la epidemia, si fue nuestra debilidad o el monstruo mismo, que mientras nos fuimos yendo rondaba las alturas, ondeando su victoria entre las franjas de la bandera del mástil. A veces me parece que hay algo escrito que hace que sea así, porque lo que está escrito es legítimo y lo que intentábamos hacer no tenía sello notarial, ni nadie lo había hecho antes, ni nadie lo había leído, ni nadie había dicho que era una forma válida y tal vez, esa fue la causa de que quedara inválido el intento.
Los ingentes y Carlitos. Aunque debería decir los ingentes por Carlitos, a causa suya, él nos confirió existencia. Quedaba algo, inefable, algo de lo que Carlitos no dijo con su boca cosida; pero que se pudo intuir en los libros que aprendimos a leer, los de Neruda y Galeano, en las canciones, algunos primeros amores, tardes en el dispensario con fiebre y médicos burócratas, cumbia, torta asada, pies mojados en la lluvia, peleas con la policía, velitas de cumpleaños, embarazos tempranos, olor a perro mojado y humo de basural, cine y pochoclo, partidos de fútbol, paseos en carro y las sombras a cuestas. Allá, en el barrio, adonde para llegar había que tomar el sendero que recorría ella para ir a buscar noticias de Carlitos con la excusa de la tarea.