MISCELÁNEAS
Sobre pollos y mujeres con discapacidad: leyendo las prácticas de exclusión en la escuela

Sección Misceláneas / por Pilar Cobeñas
Sobre pollos y mujeres con discapacidad: leyendo las prácticas de exclusión en la escuela
Hace unos años, más precisamente durante el 2008, la directora de cine Astra Taylor estrenó el documental “Vida examinada” (Examined Life) en la que un grupo de pensadores (Peter Singer, Judith Butler, Martha Nussbaum, Avital Ronell, Sunaura Taylor y Slavoj Zizek, entre otrxs) discurren acerca de la vida contemporánea mientras transitan por las calles de diferentes ciudades. Sunaura Taylor, una artista plástica con discapacidad, camina junto a Judith Butler, filósofa que ha realizado un gran aporte a la teoría de género, repasando su infancia, su forma de caminar, entre otros temas. En el transcurso de ese diálogo callejero, Sunaura recuerda que en la escuela le decían que parecía un mono: esto le hace pensar sobre qué es lo que separa a los humanos de los animales, tal vez una forma de caminar, o aquellas partes del cuerpo que utilizamos y las formas en que lo hacemos, cómo las/nos movemos, o si precisamos de apoyos para hacerlo. ¿Puede diferenciarnos, puede alejarnos del mundo de lo humano y acercarnos a lo animal en la perspectiva de otros y otras? ¿Qué consecuencias tiene esto para aquellos y aquellas que quedan detrás del límite de lo humano, es decir, dentro de la línea de lo no-humano, animal, y cuáles para aquellos y aquellas que quedan dentro del límite de lo humano?

Tres obras plásticas de Sunaura Taylor recuerdan particularmente esta escena que describe en la conversación con Butler. En una pintura al óleo, se ven cadáveres de pollos amontonados en ordenadas jaulas. La artista explica que ha pintado pollos que son muertos y luego desechados puesto que no sirven para el consumo. Entre sus cuadros emerge otra pintura al óleo donde aparecen tres franjas de rejas superpuestas verticalmente y detrás cuerpos de mujeres con discapacidad –vivas– en distintas posturas que muestran la variación de formas posibles que puede tomar un cuerpo humano, una mujer con discapacidad en similar forma y posición a los pollos. Cuerpos desechados, considerados inútiles para la sociedad, encerrados, invisibilizados, deshumanizados, desnudos de derechos, los pollos y las mujeres con discapacidad, animales y seres humanos. En tercer lugar, nos encontramos con un dibujo, una peluda silla de ruedas. Pelos, como si fueran los de la mano, los del pecho, los de la cabeza, cubriendo completamente una silla de ruedas. La línea del dibujo es orgánica, el color de la silla de ruedas es amarronado y el fondo es de tonos de marrón y amarillo. La figura, la silla, ocupa la mayor porción de la imagen y está ubicada en la parte central e izquierda. Su sombra, sobre el ángulo bajo derecho de la misma. El hecho de que la artista haya dibujado pelos sobre la silla de ruedas genera una sensación de vida en el objeto, como si con ese simple acto lo sacara de la situación de inanimidad para introducirlo al mundo de la vida, y lo que es más, de lo humano.
Esta sensación se relaciona con las narrativas de las personas con discapacidad acerca de su visión de sus sillas de ruedas, comunicadores, bastones, y demás apoyos. Ellos y ellas han manifestado que sienten a estos objetos como prolongaciones de su cuerpo. Por ejemplo, menciona un joven activista por los derechos de las personas con discapacidad y usuario de comunicación alternativa aumentativa:
“Yo puedo acceder al mundo tuyo a través de mi comunicador. Puedo ser visto y oído gracias a él. Por eso es parte de mí como tu voz para vos. Y sin él podría estar pero sería muy… no me lo puedo imaginar. No recuerdo mi vida sin él. (…) Porque es mi voz y mi forma de hacerme ver. Sin él no me ve ni mi familia ni nadie”
En tanto, en el diario de Thiandi, publicado en 2010, una joven con discapacidad también usuaria de comunicación facilitada leemos:
“Durante el tiempo que no podía comunicarme, me sentía muy triste. Me sentía muy pesimista acerca del futuro y tenía mucho miedo de volverme loca. No estoy loca, pero con el tiempo te puedes volver loca si no llegas a expresarte (…). Tenía mucho miedo de que me fueran a internar en un instituto, porque todo el mundo se lo aconsejaba a mi madre, como por ejemplo mi abuela. Todo el mundo me consideraba una loca, pero en realidad los locos eran ellos. En un instituto te vuelves loco”
Thiandi, así como el joven del comentario anterior, piensa su vida en dos momentos: antes y después de que les fuera ofrecido un sistema de comunicación acorde a sus posibilidades y necesidades. En las instituciones educativas que hemos estudiado a ningunx se le proveyó un saber fundamental en la vida social: un lenguaje de comunicación, una forma de comunicación, y la razón de esto es porque, en la práctica educativa, lo que un sujeto no es capaz de comunicar convencionalmente, “normalmente”, supone la ausencia de capacidades lingüísticas y comunicativas. Esa misma razón hizo que fueran excluidxs del sistema de educación común o incluso del sistema de educación: encerrados como los pollos y las mujeres de las obras de Sunaura Taylor, desechados pues sus cuerpos no se mueven, no lucen, no actúan o no comunican de forma convencional, “normal”. Anormalizados, deshumanizados, despojados de sus derechos y de su participación plena como sujetos iguales en una sociedad. Estas personas fueron consideradas fuera de los límites de lo humano, desprovistas de un mundo, porque no se comunican convencionalmente, del mismo modo que Sunaura no camina en la forma convencional como se entiende caminar en la vida social.
Naturaleza y cultura: los límites del derecho
También otras jóvenes con discapacidad que forman o formaron parte del grupo de “no integrables” y que, fuera de la escuela, han podido acceder a sistemas de comunicación alternativos aumentativos, en sus narrativas describen el dolor, el malestar y la angustia producidos por los comentarios denigrantes que docentes de escuelas especiales han realizado constantemente frente a ellas asumiendo que no podían comprenderlas y como si no estuvieran allí. De sus relatos se desprende que estas experiencias las han marcado profundamente y han contribuido a construir visiones negativas de sí mismas, haciendo emerger sentimientos de temor y angustia frente a situaciones educativas. Esto es así debido a que la escuela ha sido y sigue siendo un espacio que reproduce formas hegemónicas de relaciones sociales basadas en binarismos: normal/anormal, educable/ineducable, cultura/naturaleza, varón/mujer, entre otras.
Resulta, entonces, particularmente interesante la visión de Sunaura para pensar los límites entre lo que es posible de considerar como humano y animal desde la visión de los y las animalizados/as y lo que esa división expresa de acuerdo a diferentes criterios de lo que es considerado un o una sujeto normal en cada sociedad, develando su historicidad y desnaturalizando esta construcción.
Un escrito de Sunaura Taylor expone la necesidad de problematizar la idea de “lo natural”: al reconocerse como mujer con discapacidad le resulta problemático pensar qué es considerado como natural en la sociedad dado que en otro momento histórico el argumento acerca de la “naturaleza” de su cuerpo podría haber propiciado su muerte o provocar que se la considerara un desecho humano debido a su discapacidad. Como expresa Sunaura en su artículo “Por qué no existe tal cosa como la carne humanitaria?”:
“La discapacidad es generalmente vista como una tragedia personal que naturalmente lleva a la marginalización, en vez de un tema político y de derechos civiles. Mucha gente hoy rechaza el uso de la ‘naturaleza’ para justificar cosas como el sexismo, supremacía de la raza blanca, y homofobia, pero todavía aceptan como algo racional la explotación animal y la discriminación de la discapacidad”.
Las concepciones acerca de la discapacidad están caracterizadas por la idea de que los y las sujetos se encuentran en estado salvaje o natural, que no han alcanzado a subir el escalón hacia la cultura: se trata entonces de encerrarlos/as hasta restituir el orden cultural, que ordena la normalización. Esa visión sigue vigente y esta confrontada, interpelada por las personas con discapacidad que cuestionan todos los determinismos biológicos que están en la base de la separación entre lo humano y lo no humano. Es decir, se piensa que la anatomía o biología son datos “dados”, “naturales”, y no se cuestiona ni se pregunta sobre los efectos que esto tiene para los y las sujetos caracterizados como con discapacidad, ni para nuestra sociedad como un todo.
Mujeres con discapacidad: de la subalternidad a la autonarrativa
Los estudios y movimientos sociales feministas y de género así como los de personas con discapacidad, han introducido una lectura que es a la vez histórica, cultural, política, jurídica, denunciando que las diferencias establecidas como naturales suponen la legitimación de la exclusión y opresión de los y las sujetos nombrados y considerados bajo las categorías de mujer (entre otras) y persona con discapacidad. Si pensamos por ejemplo en las definiciones de Thiandi acerca de qué constituye un cuerpo humano, su propio cuerpo, identificaremos rápidamente en su narrativa que los apoyos para la comunicación, incluyendo su comunicador y la voz de otra persona son su cuerpo. Si miramos la concepción de cuerpo humano, de su cuerpo, para Sunaura, podemos pensar lo mismo en términos de su silla, la que ha dibujado con pelos. O podemos conjeturar que ella ve a la boca como una parte del cuerpo que se usa para hablar así como también para agarrar una taza de café y trasladarla hasta la mesa. Esa concepción, desde la perspectiva de estas sujetos, es lo que entra en tensión con lo que el movimiento social y los estudios de discapacidad han dado en llamar modelo médico de la discapacidad, sostenido fuertemente en los discursos e instituciones educativas actuales, que continúan aceptando circuitos educativos segregados destinado a aquellos y aquellas caracterizados/as como incapaces de asistir a la escuela común, una condición de incapacidad basada en un supuesto déficit biológico, natural, más cerca del instinto que de la cultura. Las personas y, específicamente lxs alumnxs con discapacidad son a partir de este modelo caracterizadxs como seres sin pensamiento, sin emoción, incapaces de experimentar y narrar su mundo/nuestro mundo/la vida.
En sus trabajos, Sunaura Taylor explora los límites entre lo humano y lo animal, lo natural y lo social, lo normal y lo anormal, hasta hacer estallar y volver perturbante nuestra aceptada y convencional normalidad. El arte de Taylor es, en cuanto una exploración de los límites, sumamente complejo: en su ruptura produce imágenes capaces de discutir la animalidad de lxs sujetxs con discapacidad, los límites construidos entre lo natural y lo social y, a la vez, representar icónicamente su propio encierro y sufrimiento causado por años de una visión de sí inferiorizante, subalternizante que obstaculizaba su expresión, no por imposibilidades “naturales”, de un cuerpo incapaz, deficitario, fallado, sino construidas socialmente.
En esa línea trabaja Taylor, buscando deconstruir las imágenes establecidas como “normales”, “naturales”. Al hacerlo, rompe doblemente con las concepciones: por un lado, desafiando a través de imágenes destinadas a perturbar lo establecido, la idea “natural” y “racional”, legitimado por el modelo médico de lxs sujetxs con discapacidad como seres animales e ineducables, exponiendo así los límites entre lo animal y lo humano como construidos y reproducidos socialmente y no como dados; pero además, Taylor rompe con el silencio, la invisibilidad, pasividad y subalternidad que rodea a las personas con discapacidad en cuanto se vuelve productora de su propia narrativa: la expresión ha sido vedada a las personas con discapacidad, infantilizadas y animalizadas, personas sobre las cuales se toman decisiones sin su consentimiento. Así, ellxs mismxs terminan por interiorizar esta incapacidad como natural y se vuelven dependientes, construyendo sobre sí visiones dis/in-capacitantes, asexuadas, débiles, sin poder, sin deseos y pasivas.
Es necesario revisar los supuestos escolares leyendo las prácticas escolares que se ponen en juego cuando se trata de la educación de las personas con discapacidad analizándolos como efectos de condiciones históricas y relaciones de poder contingentes, y no destinos biológicos. Grupos de mujeres dentro del movimiento de personas con discapacidad explicitan la necesidad de proveer actualmente el contexto para una identificación positiva y política de sus miembros, posibilitando a las jóvenes mujeres la construcción de un proyecto de vida independiente.
La alternativa ya ha sido explorada: mujeres con discapacidad como pollos, en escuelas especiales como celdas, vedadas de toda autonomía, alimentadas para que subsistan, imposibilitadas de ser, de existir, negado el derecho más básico. La comunicación.