PERSONAL TEACHER
Poéticas de la errancia

Sección Personal Teacher / por María Ernestina Liebau
Poéticas de la errancia
“A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través del juego o el trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo, deformado por el agua, es el suyo. La singularidad de ser –pura sensación en el niño– se transforma en problema y pregunta, en conciencia interrogante” (Paz, Octavio 1998)

Clase final, de “cierre” –así la pensé en su momento- de un taller de máscaras.
La propuesta era abrir un espacio para relevar las imágenes que nos devuelve la máscara. La máscara devenida espejo que permite y refleja otras miradas. Habitar la máscara construida y darle voz. Dejar que cuente su propia historia, acaso la de cada uno. Volver a mirar la máscara o un mirar-se, para afirmarse o recomenzar.
Dar lugar. Reconocer el espacio del otro. Habilitar un lugar donde los protagonistas fueran los chicos y favorecer la construcción de relatos individuales y colectivos que les permitieran conocerse y reconocerse. Así lo pensé en su momento.
Cuando llegué y como lo había planeado, el escenario estaba montado. Las máscaras dispuestas en el piso, conformando un cuerpo, el cuerpo del 6to. Turno Tarde. El contorno de un cuerpo colectivo y cada máscara-alumno ocupando el lugar por cada uno elegido, tal vez manos, pies, corazón o el rostro. Y ellos alrededor. Mirando esa conformación grupal. Sentados en círculo. Dispuestos a contarse.
El círculo estaba cerrado.
Iluminada por el pensamiento de Lao Tse, de que uno debe estar, pero sin pertenecer; que uno debe participar, pero sin ser parte; que uno debe ser individual y al mismo tiempo colaborar: hacer, pero sin actuar, me senté a un costado. –Mejor estar a la vera del camino. Así lo pensé en su momento.
Las voces
Las historias personales comenzaron a narrarse. Cada uno había tenido un tiempo para escribir. Leían, decían, reían, lloraban.
“Desde mi punto de vista, la máscara no es sólo para cubrir el rostro, ni para representar lo que no somos, sino para mostrar lo que somos y representar lo que sentimos… mi máscara representa principalmente un suceso que cambió totalmente mi vida. Se divide en dos partes: de un lado representa lo triste: es azul celeste –colores fríos que representan soledad, desinterés, tristeza- también tiene una lágrima que representa mi sufrimiento y el gesto de ese lado de la máscara es triste y caído. Es algo que me pasó cuando era chica. Es algo que nadie quiere que le pase a otra chica. En cambio la otra mitad de la máscara es alegre, sonríe y tiene color lila y rosa que representa a la persona que cambió mi vida y está llena de brillo, eso quiere decir que llenó de luz mi camino… ¿Cómo me veo detrás de la máscara?… Que en un tiempo fui triste pero que ahora soy la persona más feliz del mundo. Me gustó mucho la idea de tomar la máscara para realizar un trabajo. Nuestras máscaras de alguna forma nos están identificando” -Jessica
“estando detrás de mi máscara me veo buena, menos tímida, con menos cara de malhumorada, y me siento re extraña, y con la máscara nos ayuda a que no se nos vean algunas expresiones de tristeza o algo por el estilo” –Dsy
Los relatos decían, de alguna manera, el acierto al trabajar con la máscara como representación del sujeto, singular o colectivo. Confirmar lo ya sabido y confirmar-me en la docente que no sólo proponía mirar las máscaras existentes, sino que permitía despojarse de lo no querido, de lo no reconocido, para permitir otros modos de estar, ahora sí, deseados: el desarrollo favorecía la construcción de nuevas subjetividades: “miedo y que es fea, que no va conmigo y que me siento incómoda, muy incómoda con ella y no la alcanzo a ver profundamente, la veo en partes, porque mis ojos están tapados” –Josefina. Había pintado su máscara entre azul y negro, con la boca cosida con hilo encerado y los ojos atravesados con alambres. Josefina rompió su máscara.
“Siento que estoy en otro lugar, con otra gente, aislada de problemas y cosas que por ahí me alteran, siento que estoy feliz, porque sale de mi interior la persona que realmente desearía ser”. –Betania.
“Por eso yo creo que uno tiene que desenmascararse a sí mismo y no ocultar cómo es uno y no tiene que tener miedo de demostrar cómo es y sacarse la máscara que no identifica a esa persona o no muestra lo que esa persona es” -Emanuel
Había apostado por el efecto de la máscara, facilitado un movimiento expresivo, anunciado que la identidad no es sino el relato que nosotros hacemos de nosotros mismos.
Se concretaba el anhelo de la práctica docente: “cuando el alumno responde a lo proyectado, a lo para él deseado, prescripto y programado” (Magallanes, G. 2000: p. 89)
La despedida o “Hacer una escena”. Un diálogo con Barthes.
“La escena es para ellos el ejercicio de un derecho, la práctica de un lenguaje del que son copropietarios; cada uno a su turno dice la escena, lo que quiere decir: jamás tu sin mí, y recíprocamente. Tal es el sentido de lo que se llama eufemísticamente el diálogo: no escucharse el uno al otro sino servirse en común de un principio igualitario de repartición de bienes de la palabra” (Barthes, R. 1977: p.84)
Los docentes somos “artistas de la representación” más que un conducto por el que circula una materia. Tenemos en común con los actores pánicos escénicos; creamos un “ambiente” sobre el escenario del aprendizaje; algunos “bajamos de cartel” tras la primera clase y el docente desanimado suele ser un individuo cuya actuación se ha vuelto rutinaria: “queremos causar un efecto durante la representación”.
En nuestro “teatro compartido”, el de mi clase de cierre, mi yo docente, había habilitado la palabra, promotora del movimiento y la representación. Luego excluido por la contingencia de un círculo cerrado. Pero acechando la vuelta a la escena.
“Ningún compañero tiene el poder de cortar una escena. ¿De qué medios podría disponer yo?. ¿El silencio? No haría más que avivar la voluntad de la escena; soy pues llevado a responder para enjugar, para suavizar. ¿El razonamiento? Nadie es de un metal tan puro que deje al otro sin voz. ¿El análisis de la propia escena? Pasar de la escena a la metaescena no es nunca sino abrir otra escena. ¿La huida? Es el signo de una defección adquirida: la pareja está ya deshecha: como el amor, la escena es siempre recíproca. La escena es pues interminable, como el lenguaje: es el lenguaje mismo, capturado en su infinito, es esa “adoración perpetua” que hace que, desde que el hombre existe, no cese de hablar”. (Ibid., p.85)
Mi yo-docente se agitaba en la segunda fila. Había optado por no ser el personaje principal. Pero no se contentaba con ser espectador. Veía la obra desenvolverse y renovarse y se preguntaba cuándo y cómo intervenir. Le quedaba un último recurso.
“Insignificante, la escena lucha sin embargo con la insignificancia. Todo participante de una escena sueña con tener la última palabra. Hablar el último, “concluir”, es dar un destino a todo lo que se ha dicho, es dominar, poseer, dispensar, asestar el sentido; en el espacio de la palabra, lo que viene último ocupa un lugar soberano, guardado, de acuerdo con un privilegio regulado, por los profesores, los presidentes, los jueces, los confesores: todo combate de lenguaje (maché de los antiguos Sofistas, disputatio de los Escolásticos) se dirige a la posesión de ese lugar; mediante la última palabra voy a desorganizar, a “liquidar” al adversario, voy a infligirle una herida (narcisística) mortal, voy a reducirlo al silencio, voy a castrarlo de toda palabra. La escena se desarrolla con vistas a ese triunfo: no se trata de ningún modo de que cada réplica concurra a la victoria de una verdad y construya poco a poco esta verdad, sino solamente que la última réplica sea la buena: es el último golpe de dados lo que cuenta”. (Ibid., p.86)
Esperaba el último momento: la moraleja o la enseñanza final, el golpe de gracia que hiciera de este pasaje un aprendizaje. La última secuencia me correspondía. Así lo pensé en su momento. Así debía ser. Narré, fundamenté, diseñé los objetivos, las actividades, las secuencias. Me correspondía la evaluación. Ése era mi lugar. El del héroe de mi yo docente.
“¿Qué es un héroe?. Aquel que tiene la última réplica. ¿Se ha visto alguna vez un héroe que no hable antes de morir?. Renunciar a la última réplica (rechazar la escena) revela pues una moral antiheroica”. (Ibid., p.87)
No iba a renunciar a representar un papel que había heredado y celosamente guardado por la historia, el de mi ser docente.
Tocó el timbre del recreo. Me dirigí a la puerta: “soy el que prende y el que apaga la luz” – me dije. Emanuel se adelantó. Me palmeó la espalda. –Profe, nos vemos la próxima.
“Se reemplaza la última réplica por una pirueta incongruente: es lo que hizo ese maestro zen que, por toda respuesta a la solemne pregunta: ¿Quién es Buda?, se quitó las sandalias, las puso sobre su cabeza y se fue: disolución impecable de la última réplica, dominio del no-dominio”. (Ibid., p.87)
Algunos iban abrazados. –Se me corrió la pintura de los ojos? – Ojalá no haya mucha gente en el kiosko –Ahora viene la vieja de matemática.
Una renuncia, un extravío.
Junté mis cosas, miré el curso vacío y salí. En un cesto de basura al pasar tiré la última palabra. Y creo que erré.
Bibliografía
Barthes, R. (1977). Fragmentos de un discurso amoroso. España: Siglo veintiuno Editores.
Magallanes, G. (2000) “Los surcos de las experiencias en la vida escolarizada y no escolarizada” en “Cuerpo(s), Subjetividad(es) y Conflicto(s). Hacia una sociología de los cuerpos y emociones desde Latinoamérica. Buenos Aires: Ediciones CICCUS.
Paz, O. (1998). El laberinto de la soledad. España: Fondo de Cultura Económica.
Sarason, Seymur. (2002) La enseñanza como arte de la representación. Buenos Aires: Amorrortu Editores.