MAL EDUCADA
Dos asientos

Sección Mal Educada / por Rocio La Pocha
Dos asientos
Dos asientos, el 31 y el 32. El 31 era el nuestro (uno para las dos). Después de atravesar todo el pasillo del colectivo, con la hija a upa, un bolso mediano colgando del brazo, una cartera mía, una cartera de la hija, la bolsita con los sanguches y el agua y unas frutas y dos alfajores (no vaya a ser cosa que perdiéramos peso en 250 kilómetros de viaje), la campera de abrigo de plumas que me robé del lubricentro, la campera de abrigo de la chiquita (ninguna de las dos puestas) y por si no me alcanzaba, un libro que sostenía con el chivo.. a la mitad del pasillo o un poco antes, después de haberle dado un bolsazo a la mitá de los pasajeros que estaban sentados, diviso a lo lejos (solo diviso, porque no veo ni un buque de guerra a medio metro) un cuerpo grande, grrrrrrrrande, muy graaannndde que se encuentra ocupando asiento y medio (y dos tercios para ser más exacta), justo a la altura de dónde estaría nuestro asiento, trato brutamente (y en silencio) de cruzar los dedos y pedirle al señorconmayúscula (que por supuesto que no me escucha nunca) que el gordi, que debe haber estado pisando la tercera tonelada, no esté sentado ni en el 31, ni el 32. Pero el destino ya está escrito, no había rezo que me pueda salvar de eso. Éramos tres en dos asientos, o seis, no sé bien.

Le aviso al gordi que vamos a compartir asiento y pongo toooooooooodo lo que traía conmigo en el portaequipaje de arriba de los asientos, casi la mando a la Mayna ahí también, solo pensando en ella, pero cuando la estaba poniendo, así acostadita, algo me dijo que no daba, o alguien, no sé bien.
Nuestro asiento, ventanilla. Sanguche de calefacción y gordo. Cuando nos sentamos le ví la cara a la hija, en cualquier momento me tiraba una pregunta del tipo “mááá ¿porqué es tan gordo él?” o alguna de esas, como cuando viajamos en un camión para rosario, y el camionero la mira a la Mayna, le sonríe y ella se da vuelta y me dice “¿porqué tiene los dientes todos amarillos y negro?”… el camionero no nos dirigió la palabra en todo el viaje después de eso.
Nos sentamos, con mucho esfuerzo, en medio asiento. Le pedí en secreto que no me pregunte nada, y como era de noche y venía cansada, a las tres cuadras estaba dormida, yo también.
Cuando en el elixir de un sueño caliente (no por el contenido erótico, si no porque estaba muriendo calcinada entre la calefacción, la hija a upa, y el gordi que era una salamandra al rojo vivo) me despierta un rugido fuerte y poderoso, que sonaba tan cerca que no sabía si era mío o no, yo pego un salto del susto volviendo del sueño caliente y la Mayna que sale desprendida de mi, mueve la patita en el aire, y en la caída le da justo con la suela del su zapatito en la rodilla al gordi, justo justo en esa parte en la que te da el reflejo de la patada, y él, volviendo del rugido, reacciona ante el estímulo en la rodilla y da una patada al asiento de adelante, golpeándose la canilla – golpe seco que expresó con un voraz lareputísima madre!- y en ese mágico y fugaz “lareputísimamadre” vuela de su boca un hilo de baba (baba espesa, nocturna) que con el movimiento de su cabeza toma dirección hacia nosotras, que viendo el gallo volar (en cámara lenta) alcanzo a levantar una mano en defensa propia para evitar la colisión, cuando siento el impacto húmedo, de elevado contraste térmico, depositándose en una franja facial que abarca desde el labio superior, pasando por el cachete derecho, terminando su recorrido en el vidrio de mis delicados y medios rotos anteojos, alias mis ojos, con esa parte del gallo en mi cara, sentía en ese momento que podía girar hacia el gordi, agarrarle con las dos manos la cara grande y redonda, y con la cabeza a 45 grados besarlo apasionadamente. Total, ya me estaba frotando una cucharada de gallo sobre mi cara. Menos mal que estaba la hija, que me cortó la pasión con un wuaacala que le salía desde el estómago. El gordi se puso incómodo, no sé si por el escupitajo que quedó en mí, o porque sintió mi reflexión amorosa sobre él. Cuestión que con la cabeza gacha y el culo caliente, se fue hasta el baño (como me hubiera gustado ser mosca) y a su regreso se sentó en los asientos de adelante, donde había dos, en los que nunca volvió a dormirse. Llegamos a destino, transpiradas, con los sanguches sin abrir, los alfajores sin comer, las frutas machucadas y el agua vacía. Cuando nos bajamos del colectivo, la mire a la Mayna fijo a los ojos como una madre mira a una hija cuando va a dar una lección de vida, le agarre las manitas y le dije con seriedad “hija querida, todo lo que no te mata, te fortalece, y cuando quieras atajarte de algo, levanta los brazos con rapidez o te vas a comer los mocos, de otro”.