ESCUELA FICCION
Calidad y calidez

Sección Escuela Ficción / por Diego Gurvich
Calidad y calidez
…Y a todo esto ¿Calidad no tiene que ver con calidez?
“Yo avanzo con los que me siguen” se despacha – sin ruborizarse – alguien, en una de esas reuniones en que los adultos inventariamos las mil y un carencias infantiles y explicamos sesudamente que los niños y jóvenes de hoy no respetan a nadie, que no cuidan nada, que no tienen hábitos de estudio ni interés por nada, que no son solidarios, responsables y estudiosos. Las voces se repiten y sobreabundan sobre estos otros, los niños y jóvenes que se convierten discursivamente en nada de tanto que no son lo que se espera que sean.
Ciento veinte minutos de vaguedades grupales rematados con nosecuantos minutos de “¡Qué barbaridad!” – y casi escribo barbarie; barbarie civilizatoria que reduce a la obsolescencia, casi al ridículo la disyuntiva sarmientina –.

Ya todos se han retirado del salón que presenta ahora un aspecto ruinoso y un silencio piadoso o avergonzado. Por todas partes se acumulan papeles, vasos descartables y envoltorios abandonados, sillas desordenadas y en el fondo un saco olvidado “alguien pasará frío en un rato”, pienso.
Al bajar las escaleras encuentro una seño guardapolvo azul. Va caminando hacia atrás, tomada de la mano de dos niños que la siguen con otros veinte que vienen atrás. Van cantando una canción que no recuerdo. Como la señodeguardapolvoazul va de espaldas, inclinada hacia adelante, mirando a los niños que la siguen, tarda algunos momentos en verme detenido casi al pie de la escalera, con el paso interrumpido. Cuando nota mi presencia – que desentona en el moderno paisaje escolar – me sonríe y me pregunta: “¿perdido?”. El colegio era ciertamente grande y mi cara de desconcierto le habrá sugerido la idea. “Si.”, le dije. “Subite al tren que te llevamos a la salida”, me dijo, pero se interrumpió. Miró seriamente a los niños y les preguntó: “¿podemos llevarlo?”. Los niños – que ya habían volteado para verme tenían una expresión entre atónita y adolorida por la contracción de los músculos del cuello que sostenían para escrutarme el rostro.
Dijeron que sí; desconozco por qué. Dieron media vuelta y siguieron avanzando, primero derecho, luego vuelta a la izquierda, galería, puerta y vestíbulo de entrada (en este caso de salida). “Acá es”, me dijo la señodeguardapolvoazul, mientras seguía por otra puerta y se perdía tras ella con su veintena de chavos por otro corredor. “Gracias”, alcancé a gritar pero ya ninguno de ellos me prestaba atención. Noté, sí, que otras personas habían presenciado la escena, me miraban y se reían profusamente.

¿Y si pudiéramos pensar que la calidad educativa tiene que ver con la calidez educativa?
¿Entonces la calidad tiene que ver con la inclusión?
Si, como dice Carlos Skliar, “La exclusión, si entonces algo puede ser, es un proceso cultural, un discurso de verdad, una interdicción, un rechazo, la negación misma del espacio/tiempo en que viven y se representan los otros” (Skliar 2011: 73) ¿La inclusión sería también un proceso cultural? ¿Una interrupción de los ‘discursos de verdad’ vigentes? ¿hegemónicos? ¿La construcción de un espacio/tiempo en que otros puedan vivir y representarse? Un espacio para alojar otros. Hace algún tiempo que diversos espacios de propuestas socio-educativas se plantean desde la construcción de espacios para alojar a otros. La construcción de un lugar cálido para construir alguna forma de calidez educativa, de calidad educativa.
< > me parece casi la definición de hospitalidad que no le escuché decir a Dario Sztajnzrajber pero que me pareció entender en sus palabras recientemente oídas. Hospitalidad que en aquel discurso se articulaba a la idea de < >.
Recuerdo que Carlos Skliar advierte sobre la idea de hospitalidad, de una hospitalidad hostil cuando supone la reabsorción del otro, de lo otro en la mismidad. ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo detectarlo y detectarse en esos intentos de hospitalidad hostil? ¿Cómo construir espacios de hospitalidad que no se constituyan en hospitales, en espacios hospitalarios en los que “tratar” – y medicar, literalmente hablando – aquello defectuoso que se nos aparece en el otro desde el discurso de la mismidad?
Y sin embargo ¿No es necesario un espacio de hospitalidad para que el otro se despliegue? ¿Algo de esto tendrá que ver con el acto educativo? ¿Algo de esto tendrá que ver con la calidad de los espacios educativos? Si la respuesta es afirmativa, probablemente muchas de las formas vigentes de pensar la calidad educativa estén – como se dice popularmente – “meando fuera del tarro”.