MISCELÁNEAS
Pedagoamor

Sección Misceláneas / por Adriana Hereñú
Pedagoamor
Una generación reproduce las creencias, los modos de vida, la lengua, integrando lentamente las nuevas adquisiciones de la técnica, la ciencia, el arte. En esta visión carente de conflicto, pareciera que la transmisión cultural opera “naturalmente”; sin embargo hay rupturas, tensiones, desavenencias que dan cuenta de cierta rebeldía, de cierta traición de aquellos que reciben el legado respecto de quienes lo transmiten. ¿Cómo se tramitan estas tensiones? ¿Qué medios son los más aptos en cada momento histórico para ejercer el poder de la transmisión cultural? Al igual que el currículum en la escuela, la transmisión cultural está atravesada por dimensiones, filosóficas, políticas, ideológicas donde se entraman las decisiones que, en el continuo juego de saber-poder, determinan qué es valioso transmitir y cuáles son los medios adecuados para lograr los efectos deseados, construir subjetividades funcionales al poder de turno.

¿Qué resistencias, que transgresiones esenciales oponen los que reciben el legado; desde un campesino que se niega a adquirir un elemento tecnológico nuevo, un joven rebelde frente a las exigencias académicas y sociales de su entorno, hasta un hijo de padres desaparecidos que no desea conocer la verdad de su propia historia trágica. Estamos condenados a transmitir; la conciencia de nuestra propia muerte así lo impone; cuestión filosófica por excelencia; angustia de la existencia humana. Pero ¿Esto quiere decir que la transmisión ofrecida y recibida como herencia supone una reproducción exacta a la manera de la fabricación de clones? Somos diferentes a quienes nos precedieron. Estamos frente a un fenómeno paradógico. Una transmisión lograda permite a quien la recibe un espacio de libertad y una base que le permite abandonar lo recibido para mejor reencontrarlo. El autor no considera la dimensión política en la relación poder-saber, ni la construcción de subjetividad propia de los distintos tipos de Estado en su contexto histórico, económico, político y social. Se refiere a un ámbito más íntimo de construcción de subjetividad. Liberarse de la pesadez de lo que nos precede para reencontrar una verdad subjetiva de aquello que verdaderamente contaba para quienes, antes que nosotros, amaron, desearon, sufrieron o gozaron por sus principios, su filosofía, su modo de entender el mundo y la vida.
¿Será esto una transmisión lograda? ¿Ahorra un sufrimiento ser, a la vez, diferente y parecido? ¿Quién sabe? ¿Quién puede? Siempre hay un desgarro, un sobresalto en la intención de apropiarse del legado, un deseo que intenta situar a cada cual en el espacio propio de su verdad, de su vida. ¿Hay algo más valioso que la propia existencia? Somos pasadores, contrabandistas de una cultura.
Retazos, como evidencias, de todo lo que se nos enseña; aparecen, a veces, como pelusas en los bolsillos.
El problema es qué relato transmitimos a los nuevos que llegan al mundo; los niños.
La narración del pasado es un hecho que nos adentra en el recuerdo ineludible de la propia vida; no hay posibilidad de escapar a la memoria a no ser que estemos locos, desconectados de la vida. El recuerdo irrumpe involuntariamente en lo cotidiano de nuestra existencia.
Mucho de lo escrito sobre la década de 1970 en nuestro país se emparenta con un estilo testimonial, de narrativa de la propia vida, autobiográfico y alejado de las modalidades académicas de escritura; es un asalto al pasado menos regulado por el oficio o por el método, porque está en función de necesidades presentes, afectivas, políticas, éticas y de justicia.
Las historias de sujetos “marginales” que habrían sido obviados por otro tipo de narraciones, son rescatadas a partir del llamado “giro subjetivo” de la mano de una intención de hacer presente esas experiencias cotidianas de vida, historias de mujeres que resisten, de obreros, de dirigentes sindicales. Esos actos de rebelión, las “tretas del débil” según De Certeau, habían sido invisibles para los letrados que fijaron la vista en los grandes movimientos colectivos, perdiendo el interés por la inventiva subalterna y permaneciendo en un círculo vicioso de método academicista.
El giro hacia la memoria y hacia el pasado conlleva una enorme paradoja. Cada vez más, los críticos acusan a la cultura de la memoria contemporánea de amnesia, de anestesia o de obnubilación. Le reprochan su falta de capacidad y de voluntad para recordar y lamentan la pérdida de conciencia histórica. La acusación de amnesia viene envuelta invariablemente en una crítica de los medios, cuando son precisamente esos medios, desde la prensa y la televisión hasta la internet, los que día a día nos dan acceso a cada vez más memoria. ¿Qué sucedería si ambas observaciones fueran ciertas, si el boom de la memoria fuera inevitablemente acompañado por un boom del olvido? ¿Qué sucedería si la relación entre la memoria y el olvido estuviera transformándose bajo presiones culturales en las que comienzan a hacer mella las nuevas tecnologías de la información, la política de los medios y el consumo a ritmo vertiginoso? Después de todo, muchas de esas memorias comercializadas de manera masiva que consumimos no son por lo pronto sino “memorias imaginadas” y, por ende, se olvidan mucho más fácilmente que las memorias vividas.
Por donde uno lo mire, la obsesión contemporánea por la memoria en los debates públicos choca contra un intenso pánico público al olvido; cabría preguntarse qué viene primero ¿Es el miedo al olvido el que dispara el deseo de recordar, o será a la inversa? ¿Acaso en esta cultura saturada por los medios, el exceso de memoria crea tal sobrecarga que el mismo sistema de memoria corre un constante peligro de implosión, lo que a su vez dispara el temor al olvido?”
Primer paréntesis de la transmisión cultural. Relación de la pedagogía y el amor
Un día de agosto de 1976, en medio de la tragedia y la barbarie de aquel tiempo desencontrado, me sorprendí pensando en el amor. En ese primer intento por asir lo más preciado de cualquier vida humana, pude vislumbrar algo de la intensidad que pretendía para mí. Tenía trece años y al igual que todo niño sabía muy bien que el amor debía ser algo vital y conmovedor; sin embargo aprendí que también podía convertirse en una fuerza devastadora en manos de aquellos heraldos morales de la muerte.
Pensé profundamente ¿Qué es el amor? Las razones que vinieron a auxiliar mis dudas, las que yo quería desentrañar, rondaban alrededor de un amor sensual e intenso, amante y compañero. Entonces, una primera experiencia trágica me enseñó que un amor también es una renuncia; que un amor puede ser dramático si en su obcecada resistencia hace que dos sucumban a las balas asesinas en una pequeña casita junto a las vías del tren, en la zona sur de Rosario. Juntos los dos, por no quebrantar la promesa de cuidado mutuo, por no dejar agonizado al amor tantas veces susurrado y prometido. Juntos los dos, en una casita acribillada. Había un tercero en ese lugar; algunos decían que era una pareja de tres; pero mi padre sabía que era un amigo de los otros dos; los que se amaban. Yo le creí a mi papá porque él sabía cómo eran esas cosas y porque tenía amigos militantes y los comprendía mejor. Pensé en la solidaridad y la amistad que también son amor; y entonces aprendí a indignarme con las habladurías baratas de gente insensible que no puede pensar; y aprendí que el amor se aprende y que enseñarlo es una resistencia cotidiana a todas las ideologías de la muerte.
Si es cierto que lo interesante de una vida son sus quiebres, sus desfazajes, sus olvidos, entonces es verdad que el amor integra lo vital de un modo indisoluble, porque el amor no se hace anunciar, porque el amor irrumpe vertiginoso, enloquecido. No es algo para entender; sólo viviendo es posible adentrarse en su dulce devastación.
¿Por qué empezar por el amor tratándose de un asunto pedagógico? ¿Cómo opera la transmisión cultural si centramos al amor como constitutivo de un proceso de subjetivación que va siendo desde los primeros momentos de nuestra existencia? ¿Se enseña el amor? ¿Cuál es el modo de ese amor para los nuevos? Porque los niños no pueden hacer otra cosa más que aprender ávidamente el mundo que los rodea; y nosotros, amarlos. Casi estoy segura: con eso basta. Si acaso una sola acción nos quedara reservada antes del inevitable final; si la compleja maraña de acciones cotidianas fueran reducidas a una, sólo una: amarlos sería la acción primordial.
El amor desarma lo real y desbarata el ideal porque es impensable a priori; porque es imposible soportar su poder afectador sin cambiar la vida tal como es; porque la acción y el pensamiento se hacen cómplices de un andar a tientas pero de verdad; porque es un rayo que nos sucumbe y estalla en medio del pecho; porque nos hunde en lo más sensible del cuerpo, de sus olores, de su suavidad, de los huecos cálidos que nos albergan.
Pedagogía del amor; pedagogía de los afectos ¿Para qué conjugar estas dos palabras poderosas en una sola expresión que amalgama lo más vital de nosotros mismos? Pedagoamor.
¿Con qué sentido nombramos lo que nos pasa con dos palabras que sustantivan una acción que recorre y envuelve la vida entera más allá del propio e inevitable final?
Pedagogía del amor es también una metáfora de la incertidumbre, un paradigma que valora la vida desde un horizonte más real, más honesto, desligado ya de formalidades absurdas, de slogans que interrumpen el devenir creativo de la vida; que detienen el modo en que podemos adentrarnos en la relación con otro con una actitud de inocencia por lo nuevo; un juego, un movimiento. Amar sin presentir. Enseñar sin juzgar. Aprender sin miedo.
Quizás es cierto, como aprendí hace algún tiempo de ciertas lecturas y otras manos amigas que me las acercaron; la vida tendría que ser trazada como un diagrama; a la manera de una ruta cartográfica. Así como los navegantes llevan sus cartas de navegación cuando se aventuran por mares desconocidos; así también nosotros podemos trazar rutas posibles, que se aparezcan en nuestros sueños imaginadores. Registrar posibles rutas y sus accidentes entre la cosa cierta y la cosa todavía incierta para vislumbrar nuevas metas. No es una certeza, sino una promesa cuya eventual realización no es posible sin transformar la vida tal y como es dada. Así deberíamos pensar nuestra pedagogía, una acción que logre transformar la vida.
¿Cómo lograremos devenir niño? Para un nuevo crear; un juego; un movimiento. Un nuevo comienzo.
Pedagoamor es la respuesta que abre todos los mundos posibles…



  1. ALEJANDRAALEJANDRA  
    March 12th, 2015
    REPLY))

  2. Simplemente gracias!! Hermoso texto. Bella propuesta para quienes llevamos adelante esta tarea…

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