ZONA DE OBRAS: VISTAS
La fortaleza del maestro Shkolnik

Sección Zona de Obras | VISTAS / por Jorge Rodriguez
La fortaleza del maestro Shkolnik. Notas sobre la película “Pie de página” (2011), de J. Cedar.
Una tragedia con notas cómicas, según la definición de su director. Una relación conflictiva entre padre e hijo, ambos especialistas en el estudio del Talmud, la obra que recoge y preserva la tradición oral del judaísmo. Un padre ignorado por la Academia (Eliezer Shkolnik), un hijo que no para de cosechar reconocimientos (Uriel Shkolnik). Un mismo terreno de combate, con armas dispares. Hasta que un día, por una equivocación, a Eliezer le informan que va a recibir el Premio Israel, el máximo galardón que se entrega en ese país, y cuyo verdadero destinatario era Uriel. Éste se verá enfrentado a un dilema ético propio de un cuento jasídico aggiornado, cuando tiene que decidir qué pasos dar frente a tal acto fallido.

Con estos ingredientes básicos se cocina la receta de “Pie de página”, elegida mejor guión en Cannes en 2011 y nominada al Oscar como mejor película extranjera ese mismo año.
Las espadas del saber y la verdad como puras mascaradas para que los afectos más primarios circulen, la Academia como entorno donde la infatuación busca su trono y donde el reconocimiento resulta un valor más alto que otros, los lazos paterno – filiales como lugar donde se anudan el amor y el odio, y que transparentan lo que suelen ser las relaciones entre los maestros y sus discípulos, son balizas que permiten recorrer esta hermosa película de comienzo a fin.
El comienzo del film (que es también el inicio de la tragedia) recorta una secuencia llamada “El día más difícil en la vida del profesor Shkolnik”. El equívoco del título es inmediato y apabullador, ya que rápidamente nos enteramos que de ésta manera pueden designarse tanto el padre como el hijo: profesor Shkolnik, lo cual no deja de evocar una serie de preguntas: ¿a cuál de los dos le resulta el día más difícil? ¿O se trata de los dos protagonistas, enlazados por sus propias dificultades, que no dejan de ser las del otro? En este inicio Uriel es condecorado con su ingreso a la Academia de Ciencias, y en su discurso de agradecimiento recuerda una anécdota de su infancia. Debía llenar un formulario para la escuela en donde debía constar la profesión del padre: sabía que era profesor, pero no sabía que eso se consideraba una profesión. Le pregunta a su padre qué debe poner allí, y este le indica: maestro. El niño no entiende, él cree que sus maestros están en la escuela. Su madre agrega que puede poner investigador del Talmud o conferencista principal, pero el padre le obliga a escribir maestro. El niño se siente decepcionado y avergonzado, no puede presumir de un padre maestro. Éste Uriel ya adulto dice entender ahora que ser maestro es impartir conocimientos a otros, tomarlos de la generación anterior y pasárselos a la próxima. Y que al igual que su padre, él también se siente un maestro.
En “los contrabandistas de la memoria” (Del Corregidor, 1996) J. Hassoun ponía en realce la transmisión como el lugar donde un pasaje se efectuaba entre las generaciones. Pasaje del relato de una historia, “una transmisión lograda ofrece a quien la recibe un espacio de libertad y una base que le permite abandonar (el pasado) para (mejor) reencontrarlo”. “Que seamos rebeldes o escépticos frente a lo que nos ha sido legado y en lo que estamos inscriptos, que adhiramos o no a esos valores, no excluye que nuestra vida sea más o menos deudora de eso, de ese conjunto (…) que han constituido el patrimonio de quienes nos han precedido”. Para Hassoun, transmitir supone que el padre ceda sobre su goce, que acepte transferir una porción de éste a cuenta de su hijo, es decir, que acepte también renunciar a una parte de lo que para él pueda ser del orden de la omnipotencia.
Del lado del vástago las operaciones a realizar tampoco son fáciles. Oportunamente señalado por S. Freud “en el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla, y es lícito suponer que todo hombre devenido normal lo ha llevado a cabo en cierta medida. Más todavía: el progreso de la sociedad descansa, todo él, en esa oposición entre ambas generaciones”. Ejercicio nada sencillo, en la medida que como señala M. Barros “los lazos con la tradición, con el nombre, la identidad, la patria y demás avatares de la herencia simbólica pueden ser una pesada cadena” (“Intervención sobre el nombre del padre”, Grama edic., 2014).
Se trata de lo que Freud le confesaba a R. Rolland “ocurre como si lo mas importante fuera ir más allá del padre y al mismo tiempo no poder superarlo”. Ir más allá, pero haciendo uso de él, tal la apuesta subjetiva. Prescindir del andamio del padre, a condición de haberse servido de él para construirse un lugar en este mundo.
Un mundo en el que hoy escasean esos que llamabamos maestros. “Hoy en día, la degradación del saber debe mucho a la decadencia del maestro. Un maestro no simplemente aquel que detenta un saber. No es un experto, tal como acostumbramos a concebir en la actualidad a los representantes del saber. Un maestro es quien sabe conservar vivo el espíritu socrático de la pregunta, y su enseñanza consiste en darnos la mejor prueba de su amor: lograr que aprendamos la única lección magistral que nos pone en el camino de un saber verdadero, y que consiste en percatarnos de que ninguna palabra puede decir toda la verdad” (“El retorno del péndulo”, de Zigmunt Bauman y Gustavo Dessal, FCE, 2014).